Domingo, 12 de Octubre 2025

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La novela rosa

Por: María Palomar

La novela rosa

La novela rosa

Muchas veces es complicado definir un subgénero, porque eso de clasificar los libros tiene sus bemoles, y además, como en la música, resulta muy difícil decidir si una obra se puede calificar de culta o de popular, y si hay que tomar o no en cuenta el favor del público  a la hora de valorarla. Cuando se piensa en novelas románticas, por ejemplo, ¿cómo establecer una escala que iría de Jane Austen, por decir un nombre más allá de toda sospecha, a Corín Tellado? Los académicos obsesionados con la taxonomía y, como diría García Riera, “el fonema, el morfema y el enema” se meten en inacabables enredos a la hora de explicar por qué tal autor vale la pena como literatura seria, mientras que encajonan a otros en subgéneros tan indefinidos cuanto despectivos como el de “novela rosa”.

    Pero los buenos lectores, afortunadamente, hacen poquísimo caso de las opiniones de los “especialistas” y votan con el bolsillo y con los ojos. Además, el buen lector es muy capaz de distinguir categorías y calidades, no se deja engatusar por el aparato comercial de los best-sellers y sabe perfectamente a qué se atiene cuando lee para distraerse: si busca una gran novela de intriga y acción, se irá tras Le Carré y no Dan Brown (aunque el lector omnívoro también suele tener sus ratos de masoquismo).

Se ha dicho que las novelas románticas son melcocha y empalago, repostería literaria, y sí es un símil válido: a quien lee mucho con frecuencia se le antoja algo que no resulte amargoso, lo cual es tan legítimo como (casi) cualquier otro gusto. Pero también es cierto que no es lo mismo una cucharada de azúcar que una carlota rusa: en la novela rosa hay categorías y niveles, y por ejemplo la producción en serie de una Corín Tellado no tiene nada que ver con líderes de la tabla como Luisa María Linares, que además de escribir muy bien (mucho mejor que la mayoría de los narradores políticamentecorrectos y académicamenteaprobados) sabe construir personajes, desarrollar intrigas complejas, describir escenas de acción y evitar el romanticismo empalagoso gracias a un extraordinario sentido del humor. Es repostería fina, pues.

Luisa María Linares, que murió en 1986 en Madrid, donde había nacido en 1915, fue una escritora con calidad y con enorme éxito. A lo largo de cuatro décadas escribió alrededor de 30 novelas traducidas a muchas lenguas y que se vendieron por cientos de miles en Europa e Hispanoamérica; 13 de ellas fueron llevadas al cine. Viuda a los 22 años de un marino que murió en la guerra civil española, mantuvo con su pluma a sus dos hijas, se hizo rica y dejó una serie de libros divertidos, ingeniosos, optimistas, sin complejos pero sin crudezas, donde la levedad es virtud y que además nunca fallan cuando lo que se necesita es leer algo con un final feliz, como deben ser los finales de novela (rosa).

Se ha dicho que las novelas románticas son melcocha y empalago, repostería literaria, y sí es un símil válido: a quien lee mucho con frecuencia se le antoja algo que no resulte amargoso
 

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