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La mafia sabe protestar

La mafia sabe protestar

La mafia sabe protestar

La libertad de reunión fundamentada en el párrafo segundo del artículo 9o. constitucional, es la que nos reconoce el derecho de hacer —junto con otras personas— una petición (formulada por escrito, de manera pacífica y respetuosa), o protestar por algún acto de la autoridad. Pero como ocurre con todos los derechos, también tiene sus matices y límites. En concreto, las protestas deben de ser pacíficas y su objeto u objetos deben de ser lícitos. Lo anterior implica que la protesta por ejemplo, no puede ser armada. Tampoco se puede injuriar a la autoridad, ni tratar de intimidarla u obligarla a resolver en el sentido que se desea con violencia.

La CNTE de manera nítida, en sus protestas en la Ciudad de México, Chiapas, Oaxaca y Michoacán principalmente, ha violentado la constitución y cometido delitos de forma abundante, amén de todos los daños causados. Y no puede ser ni será de otra manera, ya que la protesta dizque magisterial tiene tres componentes entreverados. Por un lado el contrareformismo educativo —objetivo que en sí mismo es lícito, aunque muy inconveniente— con la finalidad de echar por tierra las evaluaciones y demás medidas de orden para garantizar la calidad originadas en la reforma educativa reciente. Por otro, está la insurgencia guerrillera cuyo objetivo no es lícito: tomar el poder mediante la destrucción institucional. Finalmente, la mafia pura o dura o el crimen organizado. Tres capas del mismo fenómeno.

El contrareformismo tiene dos motivaciones: una económica, ya que lo que se juega el sindicato es muchísimo dinero; y otra política, donde se encuentra aliado con Andrés Manuel López Obrador que obedece tanto a la búsqueda o conservación de posiciones políticas en los gobiernos locales que se dan por perdidos por la reforma, como por la carrera presidencial. Motivaciones compartidas a su manera por la guerrilla y el crimen, lo cual hace muy difícil seccionar a este movimiento de protesta en sus distintos componentes. Todo lo contrario, provoca la identificación del contrareformista con el guerrillero y el mafioso.

La violencia de la protesta —por sí misma— desvirtúa el alegato contrareformista al no poderse justificar como defensa propia. Se trata de protestas que cometen deliberadamente delitos contra terceros, cometen daños, secuestran, trancan carreteras, lesionan y hasta matan sin que nadie les ponga un dedo encima. ¿Dónde está la represión que se esperaría en contra de manifestaciones ilícitas y/o violentas, más aún cuando se sabe que están relacionadas con la guerrilla y la mafia? ¿Recuerda el lector las vergonzantes marchas de hace algunos años a favor del narco en Monterrey? Algo así está pasando: la mafia marchando.

Porque a mí me cuesta mucho creer que entre guerrilleros, grillos y el crimen asociados, no sea este último el que mande. Por eso urge atender el conflicto de forma inversa. Primero como un asunto de delincuencia organizada, luego como de inteligencia nacional y al final lo político. No se puede confundir ni menospreciar al enemigo.

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