Medio siglo transcurrido, el camino de una institución que ha colaborado a darle a esta ciudad, y a esta región, una parte significativa de lo que hoy es. Celebración, reflexión, sobre todo propuestas: va una colaboración para esta tarea. A través de 39 años de estar en la Escuela, algo queda que es preciso contar, que quizá vale la pena oír. Dar testimonio, aunque sea, de esta llama que no cesa, de la sed que a través de los años ha guiado mis pasos: de una errancia en la que la Escuela de Arquitectura del ITESO es un referente y un ancla, una casa y un muelle para partir y regresar. Me dirijo a la Escuela de Arquitectura del ITESO. No a una carrera, una licenciatura, ni a un departamento, denominaciones hijas de la burocracia académica. Creo que la enseñanza y el aprendizaje de la arquitectura se realizan alrededor de una Escuela, con todas las implicaciones que de este nombre se derivan. Y una escuela tiene un director que gobierna, orienta y da forma a la enseñanza; un coordinador es otra cosa. La Escuela se reúne en torno a algunas nociones esenciales, a algunas búsquedas intemporales, a ciertos principios que proponen una manera de estar en el mundo, de entenderlo y transformarlo, de darle sentido. Y todo esto sujeto a la crítica, el discernimiento y el cambio, abierto a los nuevos tiempos. Además, y nunca hay que olvidarlo, nuestros esfuerzos, en esta universidad, se hacen bajo el aleteo del espíritu y el fuego de San Ignacio, y están inscritos en la tradición, el legado y la lucha del cristianismo en la Tierra. Para el advenimiento del Reino y a la mayor gloria de Dios. En esta Escuela, el delicado y complejo, apasionante y elusivo proceso para dar forma a la arquitectura se llama Composición Arquitectónica. Esta es la expresión que mayor justicia le hace, que mejor nombra a esa lucha con el ángel que es todo esfuerzo cierto por darle un albergue digno a la vida humana. Porque componer supone entender, asumir, y combinar toda una vasta serie de elementos, reales como una piedra o el deseo de un usuario, imaginarios como la sombra sobre un muro que aún no existe o una torre roja que habrá de sostener una escalera que aún no levanta el vuelo. La arquitectura se hace como la música, o como quien remienda humildemente unos zapatos y así los compone. A través del ejercicio de la Composición Arquitectónica y de su principal vehículo, la Arquitectura sabiamente gobernada, se hacen, si hay suerte, los proyectos para la dignísima habitación de las gentes. El proyecto de cualquier arquitectura es un proyectil con un único fin último: dar en el centro imantado y arduo de ese reino incomparable que es la belleza. Lo demás es secundario. Puede ser importante, pero siempre quedará en un segundo plano. Recordemos a Ignacio Díaz Morales, por cierto el mayor maestro que esta Escuela ha tenido el honor de contar en sus filas: lo útil y lo lógico como base, la belleza como siguiente escalón. Comoditas, firmitas y venustas, según nuestro padre Vitrubio. Sin el enigmático filo de la belleza, sin su presencia que todo lo transfigura, sin la potente alegría que comunica, la supuesta arquitectura no es más que un mudo montón de piedras más o menos pretensioso. Al desvelo de su búsqueda, al frenético deseo que convoca, a la suave quietud de su hallazgo debe el arquitecto su vocación, sus quehaceres. Para encontrar, tal vez algún día, un recinto o un jardín en donde poder inscribir con las luces del alma: “Silencio, bellísima ceremonia”. Silentium pulchra ceremoniam. *Palabras para la celebración de los 50 años de la Escuela de Arquitectura del ITESO.