Son ya 35 años los que he convivido con Martita, mi hija que nació con discapacidad intelectual; en todos estos años, al lado de ella, he podido vivir y recoger experiencias de todo talante, desde aquellas de profunda desolación y tristeza, hasta las de euforia y alegría. Periódicamente y gracias al espacio con que me distingue EL INFORMADOR comparto mis experiencias, nunca tengo programadas mis colaboraciones abordando este tema, son como la vocación: un llamado perentorio. Hoy es una de esas ocasiones. Desde el mismo momento del nacimiento de nuestros hijos con discapacidad, los padres de familia recogemos información saturada de supuestos, en muchas ocasiones nos ofrecen diagnósticos y pronósticos explicados en un lenguaje críptico, ya sea por desconocimiento, ya sea para evadir responsabilidades; lo recomendable es escucharlos con serenidad y consultarlos con personas éticas y preparadas. La buena información permite inmediatos beneficios para el futuro desarrollo de nuestros hijos, estemos alertas ante desinformaciones o prejuicios que nos hacen caer en el pantano de la desidia o la mala decisión. Adjudicarles estigmas, defectos o supuestos, son síntomas de una inevitable patología social que acarrea, entre otras maldades, la hiriente discriminación, esa que indefectiblemente nos deja cicatrices. No han sido pocas las ocasiones en las que he podido comprobar---y vivir---protagonismos personales que alimentan egos inflados a costa del colectivo de la discapacidad; filias fingidas mas falsas que un billete de siete pesos; y es que son tantos los casos de filantropías concebidas como entretenimiento social que hay momentos que nos confundimos. Sin embargo, los tropiezos, las tribulaciones, los grandes disgustos las inevitables frustraciones no deben hacernos perder la fe en el género humano. Se que la incertidumbre del mañana nos aflige y nos agobia, para evitarlo pensemos que el hoy y la cercanía con nuestros hijos son nuestra mayor riqueza. Por ultimo, quiero manifestarles que vivo con un sentimiento de eterna admiración y agradecimiento hacia mi esposa Marta quien con su entrega y amor incondicional ha logrado que en estos 35 años Martita haya podido vivir de manera distinta a la que su condición de persona con discapacidad la obliga y saben una cosa, lo ha hecho de tan maravillosa forma que toda la atención que le ha brindado lo ha hecho de una manera intuitiva y creativa, condiciones que visten el verdadero amor materno, ese sentimiento misterioso y místico, milagro de la creación. Termino compartiendo con los lectores el poema de Baudelaire: Soy la herida y el cuchillo/ la mejilla y la bofetada/ soy los miembros y la rueda/ soy el verdugo y la victima/…. cualquier parecido es pura coincidencia. Amen de los amenes.