Sábado, 25 de Mayo 2024

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La ciudadanía fallida

Por: Ivabelle Arroyo

La ciudadanía fallida

La ciudadanía fallida

Y si cambiamos la visión sobre los problemas de seguridad en el país? Si lo hacemos conceptualmente puede ser que la explicación fáctica también se modifique y, mejor aún, puede ser que las políticas públicas cambien.

¿De qué diablos estoy hablando? A propósito de la situación con los autodefensas en Michoacán, estoy hablando del llamado Estado fallido. Cuando se usa este concepto, en general se equivoca la idea y se piensa en la ausencia de gobierno. Me refiero al uso periodístico del término, no a la complejidad del concepto en ámbitos académicos. Estado fallido en Michoacán, se lee. Lo que se entiende es que no hay instituciones políticas que funcionen para proteger la libertad, el patrimonio y los anhelos de los individuos a través de corporaciones policiacas, leyes y mecanismos para garantizar justicia, rumbo económico, cuidado educativo y protección sanitaria, entre otras cosas.

No cometeré el error de matizar el término de Estado fallido. Sólo apunto que se presta a equívocos y que en medio de esos equívocos produce una separación maniquea entre Estado y mexicanos. Parece que ese ente, cuando es inútil, debe ser sustituido por mexicanos nobles (es decir, no corruptos, no políticos) y peor incluso: mexicanos nobles con armas. Por esa razón y tras escuchar las reflexiones del teórico político Ángel Rivero en el Inacipe, propongo un nuevo término: la ciudadanía fallida.

La ciudadanía es el acuerdo entre los individuos y el orden que permite la protección de sus derechos. Un ciudadano es un sujeto de derechos (y sí, alcanza a quienes no votan) y la ciudadanía es el terreno en el que se pueden ejercer esos derechos. Más aún: es el terreno y las herramientas que protegen y amplían esos derechos.

En el fondo, hay cierta identidad entre los términos, pero poner el foco en la otra cara de la moneda del Estado nos lleva a pensar en soluciones distintas. Fue lo que pasó con la reforma constitucional que hoy protege los derechos humanos. Antes de junio de 2011, las garantías individuales parecían graciosas concesiones del Estado. Hoy, el Estado debe girar alrededor del individuo y sus derechos inalienables. Parece un giro de palabras, pero es un vuelco gigantesco en la forma de abordar el tema.

Lo mismo pasa con la idea de la ciudadanía fallida. Un Estado fallido parece justificar la autodefensa. En cambio, la ciudadanía fallida requiere instituciones confiables que la puedan volver a proteger. No es lo mismo decir que un ente se descompuso y se volvió contra el individuo, a decir que el terreno en el que un mexicano es sujeto de derechos se destruyó. En el primer caso, hay que combatir al ente; en el segundo, hay que reconstruir el terreno.

¿Cómo se hace esto? No hay que descubrir el hilo negro. El elemento que pega la relación entre individuos y acuerdo social es la confianza. Y para que haya confianza deben existir legitimidad y consensos elementales. Consensos sobre las reglas del juego, sobre quién tiene el garrote, sobre cómo quitar al que tiene el garrote.

En otras palabras: para recuperar la ciudadanía, los mexicanos tienen que hacer política.

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