La primera revolución industrial se inicio en Inglaterra a mediados del siglo XVII cuando la producción artesanal se mecanizó a través de las grandes factorías. La era de Internet se está conociendo como la era de la segunda revolución industrial, donde la combinación de gente e información, conforma un mundo virtual de posibilidades confiables y mayores cambios en la economía global que, históricamente evolucionaba cada siete años, ahora ocurre cada uno o dos años y, más rápido, en la tecnología de punta en materia electrónica, que cada seis meses nos sorprende con nuevos modelos de aparatos de computación y comunicación. Esa nueva economía va acompañada de pasos de cambio estimulados por los líderes gobernantes que llevan a cabo aquella parte favorecedora de la revolución de la alta tecnología que incrementa dramáticamente el éxito económico para sus respectivos países. ¿En donde está México en esta segunda revolución industrial? De seguro está en la cola de la órbita de las naciones más tecnificadas, dejándose arrastrar por su poderosa fuerza centrífuga. ¿Cómo podemos ingresar en esta corriente mundial de desarrollo?, con una ley obrera a cuyas reformas se oponen los poderes fácticos beneficiarios del subdesarrollo. Hoy se está jugando en el Senado el futuro económico de México. Se trata de evitar el progreso, se intenta evitar la democracia sindical; se trata de dejar la cláusula de exclusión, que elimina la posibilidad de que el patrón separe al trabajador que renuncie o sea expulsado del sindicado. Se trata de evitar que no sigan estallando huelgas locas sin consentimiento de los trabajadores, Se amenaza con plantones, cierre de carreteras, toma de oficinas públicas y otras medidas agresivas de presión para proteger los rancios intereses gremiales. La iniciativa propone limitar el derecho a recuperar salarios caídos sin límite de tiempo, lo cual ha dado origen a la desaparición de una buena parte de centros de trabajo, por los vicios en que se ha incurrido al prolongar indefinidamente los juicios laborales A eso se oponen los líderes sindicales perennes. Las reglas de despido deben modificarse para evitar el abuso de personal que obra de mala fe y una vez que consigue un trabajo provoca el despido para interponer la demanda, que invariablemente, con o sin razón le darán la razón las juntas de conciliación y arbitraje, que han degenerado en trampas mortales para las empresas. La velocidad de cambio en la nueva era de la segunda revolución industrial requiere de modernidad en las leyes y en su aplicación. El tiempo y la distancia serán irrelevantes, los negocios y la gente serán globalizados, la capacitación laboral cambiará y serán conectados electrónicamente para medir la productividad, los salarios y escalafones estarán indexados a la eficiencia en el desempeño de las labores. Ahora las directrices de la economía son las tácticas de sobre vivencia, líderes empresariales mejor preparados técnicamente, avances competitivos con tecnología de punta, competencia global, productividad y rendimiento financiero. Todos estos cambios y, nosotros, que nos negamos a cambiar una ley obsoleta que está frenando el desarrollo.