Pues ya pasadas las celebraciones del natalicio del Benemérito de las Américas, en una sabrosa plática se discutía sobre el papel central de Benito Juárez en la construcción de la república. Y es que resulta mezquino negarle al oaxaqueño el papel absolutamente central que tuvo en formar este país en lo que es hoy día; y es justo decir que él junto con Porfirio Díaz, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Carlos Salinas –con unos costos terribles en la mayoría de las ocasiones– transformaron radicalmente a México.Como toda figura importante Juárez tiene detractores, y es que antes de que se comience a analizar su historia, alguien ya habrá sacado al tema el tratado McLane–Ocampo, el cual claramente ponía en duda la soberanía nacional y daba derechos a los americanos que eran francamente abusivos para las obligaciones que ellos adquirían.Sin embargo me parece que al señalar como mayor defecto la firma de ese tratado se olvida la principal consecuencia tanto económica como social que tuvo el juarismo. Y es que por más que se repita el eslogan de que la revolución terminó lo que comenzó en la reforma, me parece que es solamente cierto por lo que toca a las relaciones Iglesia–Estado, pero por lo social y económico, las leyes continuaron fomentando una clara distinción de clases y una marcada desigualdad económica.Y es que al promulgarse la Ley Lerdo relativa a la desamortización de las tierras –que si bien se promulgó durante la administración de Comonfort, tuvo su vigencia real con Juárez–, no solo se le robaron a las corporaciones religiosas numerosos inmuebles, sino que el despojo también afecto tierras comunales de indígenas y de pueblos en general que contaban con títulos desde tiempos de la conquista. Así, en un ánimo de redistribución económica se logró que dichas tierras cayeran en manos de extranjeros y de ricos mexicanos quienes consolidaron sus latifundios gracias a Juárez pues fue él quien promovió la ley desde su inicio.Así, nace de forma definitiva el caldo de cultivo para la mayoría de levantamientos sociales de la Revolución Mexicana, que, si bien contaba con un no menos significativo contingente obrero, se trató de pe a pa de un movimiento de naturaleza agraria, una verdadera reacción más que revolución en contra de las leyes que permitían a los ricos usurpar terrenos ancestrales de las comunidades. Si no me cree solamente vea que dice el artículo primero de la Ley Agraria de Emiliano Zapata “Artículo 1º.- Se restituye a las comunidades e individuos los terrenos, montes y aguas de que fueron despojados, bastando que aquellos posean los títulos de fecha anterior a 1856, para que entren inmediatamente en posesión de sus propiedades”.Por ello, sin escatimarle las cosas buenas al oaxaqueño –que tuvo muchas y sirvió de base para transformar en república lo que en realidad venía funcionando como reino– es más que justo entender que el costo más alto que pagó el país fue la desamortización de las tierras. McLane–Ocampo nunca entró en vigencia y no deja de ser una anécdota más de la historia, pero los resultados de la voracidad capitalista tras la liberación de la tierra dieron origen a un conflicto en el cual uno de cada diez mexicanos terminó perdiendo la vida.Ese es un pecado que pocas veces se le ha colgado a Juárez y que paga de forma exclusiva Porfirio Díaz, quien sin duda también cometió su parte de canalladas.