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Jardín de Infancia

La sesión de apertura del Parlamento español ha sido muy entretenida y ha dejado muchas anécdotas, que es lo que la ciudadanía -cada vez más convertida en “público”- celebra con mayor entusiasmo. Como sobre los temas de fondo no hay prácticamente discusiones de cierto calado, todo lo más cruce de estribillos simplones contrapuestos, los espectadores de nuestra sociedad cada vez más espectacularizada, según la formulación ya tópica pero profética de Guy Debord, celebran o condenan las extravagancias y los cambios de atrezzo como si se tratase de auténticas revoluciones. En la jornada inaugural parlamentaria se vieron atuendos informales, peinados infrecuentes, fórmulas pintorescas para jurar el cargo y hasta un bebé aferrado a la teta nutricia de su madre. Todo lo cual ha dado pábulo infinito en el hervidero de las redes sociales, nulas en la solución de problemas pero insuperables en la orquestación de escándalos. Sin embargo, tras la trivialidad de estos asuntos, que en sí mismos desde luego no van a salvar ni a hundir el país, se vislumbran unos malentendidos que quizá sea interesante destacar, porque afectan a conceptos sociales que van más allá de las apariencias. Voy a intentarlo.


Empecemos por la indumentaria. Por mucho que lo afirme el refrán, no es verdad que el hábito haga al monje. Llevar chaqueta de buen corte, corbata de colores respetables y abrigo con cuello de piel no garantiza la honradez ni la rectitud de nadie, como hemos tenido abundantes ocasiones de comprobar recientemente. Por supuesto, tampoco la camisa desenfadada y los pantalones vaqueros demuestran que uno haya nacido para patricio de la plebe y sienta las necesidades de los desafortunados con mayor desgarro que los demás. Ni, sobre todo, que sepa como remediarlas. Algunos que amasaron ilegalmente billetes “como para asar una vaca con ellos” no iban precisamente de esmókin... Pero lo más revelador del asunto es que los voceros de grupos recién llegados a la cámara reivindiquen los atuendos más informales como prueba de que ahora los parlamentarios se parecen más a la gente corriente que antes. Porque la gente se viste de muchas maneras según las ocasiones y son precisamente las personas más humildes y sencillas quienes mejor cuidan las apariencias. No conozco labradores ni artesanos que vayan a la boda de su hija o al funeral de su madre con camisa hawaiana y bermudas. Todas las mañanas muchos oficinistas se ponen chaqueta y corbata, lo mismo que las secretarias o directoras de instituciones bancarias se arreglan decorosamente para acudir a sus trabajos. El juez que ha de decidir en una causa, el médico en el hospital, el catedrático que preside un tribunal de oposiciones...no se visten con lo primero que les cae a mano. Cuidan su atuendo no por miedo ni por  conformismo, sino porque dan importancia a su dimensión social: uno se viste para demostrar que respeta a los otros, que se alegra festivamente o se entristece con ellos, que se considera no un sujeto superior y único sino parte de una comunidad y por tanto obligado por convenciones. Los que van como les da la gana son los millonarios americanos tipo Mark Wahlberg o Steve Jobs, algunos artistas cuyo uniforme es la extravagancia como el de otros la corbata y sobre todo los señoritos, que creen que ser distinguidos es menospreciar a la mayoría. De modo que cuando veo el panorama parlamentario actual recuerdo aquel relincho genial de Fernán Gómez en su “Viaje a ninguna parte: “¡señorituuu!”.


Cosa parecida puede decirse de las fórmulas “creativas” para jurar o prometer el cargo. Precisamente se impone ese trámite para que cada electo reconozca que admite la ley común y por tanto representa ya no a sus eventuales votantes sino a todos los ciudadanos del país. Decir en vez de las palabras establecidas lo que uno quiere, a lo que aspira, lo que aprecia o desprecia, es una forma de poner su idiosincrasia por encima de las obligaciones del cargo: “no crean que me someto porque esté aquí, de eso nada, parlamentitos a mí, yo vengo a demostrar que la democracia empieza conmigo y con los míos”. Están encantados de conocerse, han venido a que los demás aprendan de ellos, no a escuchar ni trabajar por todos y con todos los otros.


Y luego está el bebé de la señora Bescansa. Ahora que las mujeres son ya comandantes de aerolíneas, camioneras, jockeys o comandos de asalto, esperemos que la costumbre de llevar al nene consigo al trabajo no se generalice, por el bien de los chiquillos. Pero la verdad es que quien mantuvo mejor la compostura en el nuevo Parlamento, sin llorar, ni dar la lata, ni mostrar lamentable exceso de personalidad, fue precisamente el más pequeño. Como ahora lo que prima es el cambio, se me ocurre uno aconsejable: que los retoños de parlamentarios y parlamentarias ocupen el hemiciclo con la seriedad de sus juegos, mientras que los electos pueriles hagan las sesiones plenarias en la guardería.


Fernando Savater
© FERNANDO SAVATER / EDICIONES EL PAÍS, SL 2016
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