Viernes, 17 de Mayo 2024

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Incertidumbre, desvarío y miedo

Por: José Luis Cuellar de Dios

Incertidumbre, desvarío y miedo

Incertidumbre, desvarío y miedo

Mi sueño, tan largamente deseado, de construir una Residencia segura y con calidad moral, para que Martita, mi hija con discapacidad intelectual, asegure un futuro de vida con dignidad, decoro y protección, parece esfumarse. Han sido muchos los obstáculos para hacer realidad dicho proyecto por razones de diferente jaez, que por cierto no son motivo de análisis en este momento. Ante tan contundente realidad, mi esposa y yo nos estamos dando a la tarea de construir un pequeña casa, colindante a la nuestra, para que apoyados por alguna persona —aguja en pajar—que decida ligar su vida a la de Martita bajo la premisa del amor, les permita a las dos, tener un futuro de certidumbre en cuanto a seguridad física y emocional se refiere: dar amor recibiendo el pago con la misma moneda. La vivienda tendrá una recamara de huéspedes a fin de que puedan tener visitas de corta o larga estancia.

La idea es poco a poco generarle a Martita una vida independiente. La tarea no es simple, más aún reconociendo que, por mi parte, no he logrado —ni lograré— dejar de sobre protegerla, grave actitud que nunca pude evitar principalmente por esa inmensa ternura que me provoca su vulnerable y candorosa naturaleza. El proyecto implica mil  retos al acecho, pero es una causa vital para su futuro, el desconcierto, espero que momentáneo, que significa esta nueva rutina para Martita, tiene por fundamento el horror bestial que significa para ella el sentimiento de abandono y soledad que pueda suponerle esta transición hacia una vida sin la presencia y potencia, sobre todo de su madre. La presencia de Martita en este mundo ha servido para dar apoyo y cuidado a muchos otros seres humanos como ella, esa realidad infunde en mi la esperanza de que se cumpla aquella sabia sentencia: la vida cosecha los frutos que la generosidad acumula.

La tarea emprendida no es fácil pero imperativamente necesaria. Al pensar en su futuro, invocación ineludible, brota en mí una ansiedad indescriptible, inenarrable, ansiedad que luego da paso a un sentimiento de furia, furia de incomprensión e impotencia que termina por dejarme inerte y exánime; es algo así como un estado de angustiosa zozobra, de interna desazón que casi siempre me conduce a un profundo desconcierto, desconcierto que acarrea la incógnita de su sacrificial existencia. En estas condiciones el reto inmediato es evitar que se envenene mi vida cotidiana. Cargo a cuestas con las experiencias que he recogido de tantos y tantos casos de personas con discapacidad intelectual que ya en sus etapa adulta viven —si a eso se le llama vivir—arrastrando una larga y pesada carga de maltratos y humillaciones que me dejan el sabor de los peores presagios. La crítica y poca atendida realidad en la que viven los adultos mayores con discapacidad intelectual así lo demuestra: miseria y soledad son su divisa. Finalmente y a fuerza de ser sincero, todo se tranquiliza, aparece la calma, arriba el sosiego; ¿Cómo? Mirando a Martita y siendo testigo de su cada vez más evidente aura sagrada. Amen de los amenes.  
 

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