Domingo, 12 de Octubre 2025

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Icamole está en el desierto

Por: Pedro Fernández Somellera

Icamole y sus alrededores, son una especie de espacios surrealistas en los cachitos de desierto del Norte de Monterrey que son simplemente diferentes; y no quiero decir con esto más que… diferentes. Uno de ésos días, viajando por los alrededores de la Sultana del Norte, se nos ocurrió visitar el remoto pueblo de Espinazo, remontado en unos cerros escarpados y filosos en medio del desierto. ¿Se acuerdan del Niño Fidencio que supuestamente era muy milagroso? Ah, ‘pos’ de ahí era el famoso personaje. Hasta donde pude averiguar, el Niño Fidencio, no fue más que un buen hombre que se fue a vivir a ese inhóspito lugar por cosas del destino; dedicándose a hacer el bien a cuanta gente acudiera a él: enfermos, menesterosos, vagos, loquitos o quien fuera y solicitara ayuda. Lógicamente, se convirtió en médico, psiquiatra, sacerdote, curandero, monje, chamán y cuanta cosa se ofreciera, con la sola intención de hacer el bien y sin más recompensa que la satisfacción de ayudar a los demás. Creo que una gente así, pudiera ser un santo de los de ‘a de veras’. La casona donde recibía a los necesitados ahí sigue; retacada de recuerdos, historias, mentiras, agradecimientos, altares, veladoras y toda la parafernalia concerniente al valioso hombre que, sin ser su voluntad, lo convirtieron en santón y lo llenaron de “milagros”. En el camino visitamos el pueblo de Mina, fuerte y señorial. Con su arquitectura elegante y austera aún permanece enhiesto y con elegancia, con los adobones de sus antiguas fincas pintados de amarillo y envejecidos con los años. Su museo, excelentemente bien cuidado, y su colección de extraños fósiles recientemente encontrados en las regiones aledañas, vale la pena dedicarle un rato. Más delante, los cientos de petroglifos que existen no muy lejos en la región de Potrerillos, hacen las delicias de quienes les guste investigar los vestigios humanos de este tipo. Las innumerables piedras grabadas, se encuentran dispersas entre los intríngulis de este pequeño valle del desierto neoleonés, son unas joyas. Siguiendo por una de las brechas, nos adentramos en un desierto plano, pedregoso y árido, hogar de cactus chaparros y macizos con fuertes espinas que se adornan con delicadísimas flores iridiscentes, nos llevó hasta las ruinas de una viejísima hacienda, que en sus buenos tiempos ostentaba el eufemístico nombre de “El Huerto”, y que ahora -según nos platicó un solitario pastor de chivas- había quedado en “El Muerto”. Una sola letra era suficiente para describir la desolación de aquel lugar. Los muros de adobe deslavados por los años y una iglesia solitaria y abierta, cuyo derruido altar era patrullado por un par de santos: uno de ellos sin cabeza y el otro casi desnudo exhibiendo sus pudores entre las túnicas abiertas, parecían gritar en silencio el nombre del lugar. (Tengo fotos casi surrealistas de ello). Más tarde, siguiendo por la brecha en la bastedad del desierto y en medio de la nada, sin más ni más, se nos apareció un pequeño cuartito de tabiques solitario, con una puerta de metal muy cerrada, frente al cual, a unos metros de distancia y sobre la arena estaba ¡un sofá de terciopelo rojo! con un horno eléctrico por un lado, cubiertos por una derruida antena parabólica coronada por un trofeo de béis bol. ¿Dalí o Bulñuel? La incógnita quedó en el aire. Horas después, entre polvaderas y terregales, un desteñido letrero que decía “baños termales sulfurosos” casi ocultaba los dos cuartos de recia construcción en donde, recargado dormitaba un hombre sin edad reconocible, del que se podía jurar que sus pellejos con el Sol habían secado sobre su esqueleto. Saliendo aquella cecina viviente de su modorra, nos informó que a unos cuantos metros estaba un manantial calientísimo y con mucho azufre, a donde, sin más y en el mismo sitio, aventamos botas y camisa para zampurramos en el caldero hirviente. El olor a diablo con el que llegamos a casa, hizo que nos exorcizaran en el zaguán antes de poder entrar. El desierto siguió y siguió entre arenas pedregosas y cerros filosos, habiéndonos hecho de aquel polvoso día, las delicias de cualquier explorador. A Icamole no llegamos, aunque estaba por ahí muy cerca. Después de todo esto... decidimos ya mejor pasar de largo.

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