Domingo, 12 de Octubre 2025

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Formato adocenado

Por: Vicente Bello

En la comparecencia de Javier Lozano Alarcón, secretario del Trabajo y Previsión Social, el martes, los diputados y senadores que lo recibieron probaron el regusto amargoso derivado de  uno de los descuidos más graves que ha tenido el Congreso mexicano: la falta de una buena revisión de las funciones constitucionales del Poder Legislativo, con fines de su fortalecimiento. Javier Lozano Alarcón llegó ante el Congreso cuando quiso, respondió a su conveniencia y todavía se dio el lujo de  patearle las canillas a cuanto diputado y senador de la oposición se le atravesó. Le fue muy bien: quienes lo criticaron también fueron objeto de críticas y la gente afín al Gobierno por supuesto que se lo sigue festejando. Se apersonó ante una de las tres comisiones de trabajo en que se ha dividido la Comisión Permanente, para que respondiera, precisamente, de las tragedias sin nombre que han estado sucediendo en Coahuila, de 2006 (Pasta de Conchos) a la fecha.  Y entre las cosas de las que se congratuló es que estuvo –dijo, orondo- día y noche en la boca del Pocito Tres, la mina de Sabinas que se derrumbó a principios de mayo,  apoyando –eso reiteraba- a los familiares de los trabajadores que allí fallecieron: 14. El secretario de marras regresará el martes a esos territorios del Senado que tan  bien le sentaron estos días en que, por cierto,  sueña con la candidatura presidencial panista; ahora, para tener que responder sobre el Caso Mexicana de Aviación. Lozano conoce el camino. Se reunirá bajo un formato de conversación totalmente adocenado, e inútil para la causa que lo trae al Congreso: informar y rendir cuentas ante el Poder Legislativo. Trilladísimo, el formato consiste en lo siguiente: el compareciente lee un discurso al iniciar la reunión; después, legisladores de cada uno de los grupos parlamentarios le rebate, ya sea con discursos improvisados, al vuelo, o previamente escritos.  Aquél les contesta y éstos le reviran (le llaman réplica). Y así, sucesivamente, hasta que pasa todo un turno, para después iniciar otro bajo similares características. Y uno tercero, si el intercambio de “argumentaciones” de uno y otro bandos da para más. Y al final, ¿qué informó?, ¿a qué se comprometió?, ¿qué reconoció? El compareciente en turno se va con las orejas atascadas de regaños. Y ya. El formato utilizado en el Congreso mexicano para las comparecencias de los hombres del gabinete presidencial,  no obliga realmente a quien comparece a que informe a detalle, esto a pesar de que en una reforma a la Ley Orgánica, en la LX Legislatura, ordena a los servidores públicos que se apersonan ante el Legislativo “a hablar con la verdad”. El Congreso no tiene capacidad para sancionar a quienes lleguen y mientan. No ha sucedido, incluso cuando la reforma aquella plantea que el Legislativo podrá pedir al Ejecutivo llame a cuentas al mentiroso, al grado de pedirle la renuncia. El Congreso, por ejemplo, no puede castigar los silencios que cuando  suceden a las preguntas también se convierten en respuestas. Desde los tiempos de la  LVIII Legislatura, voces opositoras se escucharon proponiendo que cambiaran el actual formato por uno parecido al que utilizan los auditores de calidad, que ante una gran mesa, por un lado están los que auditan y por el otro los auditados. Y pregunta por pregunta, caso por caso, se tienen que ir respondiendo  aunque las respuestas tardasen días.  Y la mesa no se disuelve hasta que el responsable de la auditoría da por satisfechas las preguntas. En el derecho parlamentario comparado hay también ejemplos que podrían seguir. Verbigracia: en el Congreso de los Diputados de España, las preguntas se sostienen tanto tiempo como las respuestas llegan. Sucede lo mismo en el Parlamento inglés, en la Cámara de los Comunes, y también en el Congreso estadounidense, adonde el poder se ha repartido, ni más ni menos, entre los presidentes de las comisiones, muchas veces convertidos en verdugos de los miembros del gabinete presidencial.

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