A la memoria de Vicente Leñero Dos clamores recorren el cuento “Luvina”, de El llano en llamas, de Juan Rulfo: “¿En qué país estamos, Agripina?” “¿Qué país es éste, Agripina?”, grita a su esposa el viajero que recién llega, y relata al que va a viajar ahí, quizá como maestro rural. Preguntas válidas si queremos interpretar nuestro tiempo, especialmente doloroso para los maestros rurales en formación. Luvina es un sitio de rechinar de dientes. Allí, “Ya no hay ni quien le ladre al silencio.” Metáfora de nuestra patria, el único papel que le toca al gobierno en el relato, es el de quien persigue, atrapa y castiga. Imposible dejar de pensar en Iguala, Guerrero, y los parajes yermos donde el desenterramiento de huesos sucede más como tarea ciudadana que deber público. Rulfo no conoció la masacre de más de 70 migrantes en San Fernando, Tamaulipas, ni las fosas con cientos de cadáveres en Coahuila —sólo en Allende desaparecieron 300 personas—, o los sitios donde en Jalisco se han encontrado restos humanos —26 cuerpos bajo los Arcos del Milenio, en Guadalajara, hace dos años; 18 en Ixtlahuacán de los Membrillos (mayo de 2012), secuestrados días antes por la ribera de Chapala; 75 hallados en fosas en La Barca; ocho en Encarnación de Díaz; igual cifra en Lagos de Moreno; 17 en Zapopan; otros tantos en Tonalá y El Salto, otros más en Tlajomulco—. Tampoco supo de los más de 35 cuerpos arrojados sobre un bulevar en Veracruz. Nada supo de los jóvenes ejecutados en Tlatlaya, Estado de México, por un batallón del Ejército mexicano, este año; nada de Iguala, sus muertos, sus heridos y los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, buscados en las ya más de 50 fosas en el municipio. Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUNDEM) sigue exigiendo un Registro Nacional de Personas Desaparecidas y un banco de datos genéticos, reclamos de los que finalmente, parece hacerse eco el Presidente Peña Nieto. Rulfo no vivió esto, pero sí los enfrentamientos entre federales y cristeros en Jalisco, Colima, Michoacán; las ejecuciones sumarias, los asesinatos a sangre fría, entre ellos el de su propio padre; la entrega de tierras secas, como costras de polvo, a empobrecidos ejidatarios condenados a vivir y a calmar en ellas su sed; los implacables cacicazgos rurales; las enfermedades que ni yendo en peregrinación a Talpa se curan; los padres que cargan sobre sus hombros los cuerpos de sus hijos; los hijos que en vano intentan frenar la ejecución de sus padres y más bien asisten impotentes a sus últimas imploraciones. Luvina tiene la claridad de una visión descarnada. Quiera esa claridad impulsar nuestra forma de leer e interpretar esta realidad para muchos inhumana, y animarnos a poblarla de esperanza con nuestros pasos y voces, nuestra decisión firme y pacífica de ser comunidad.