Fueron tres los hermanos que dieron de qué hablar: el mediano, Joaquín, coronel de artillería y miembro de la Academia de Bellas Artes de Sant Jordi. Forjó una buena colección de pintura neoclásica. El mayor, José Antonio, comerciante y escritor de historia, de poesía y sobre sus viajes, legó una gran cauda de literatura romántica. Artes y letras que pueden apreciarse y leerse con toda comodidad en el bello palacete de la familia, inmediato a la pequeña ciudad de Vilanova i la Geltrú, pegada al mar y cerca de Barcelona. En él nacieron ambos. Joaquín vivió 77 años, hasta 1876, y José Antonio 55, hasta 1852. Pero quien me llamó más la atención fue el tercero: Manuel, nacido en 1808 y fallecido en 1833, víctima de la tuberculosis para honrar su condición de bardo pre-romántico. Hizo estudios en Cerbera y se recibió de abogado en Zaragoza, donde agarró aire para escribir una sucinta Historia de la Filosofía y diversos textos breves que se publicarían después de su muerte. Expertos en la materia lo juzgan como un buen poeta, especialmente por su recopilación de doce piezas titulada Preludios de mi lira. Pero mi interés no se debió a que esta cabra dedicada al estudio del pasado mexicano haya decidido dejar el monte, sino por unos versos que encabezan el décimo poema. Además del estudio de los hechos con la pretensión de buscar explicaciones de los mismos, por extensión me ha interesado siempre lo que se dice de nosotros y por desmadejar el pensamiento colonial que han sustentado nuestros dominadores y no pocos mexicanos entreguistas sometidos intelectualmente a los diferentes imperios que padecemos. Se dice que una fotografía dice más que mil palabras, pero en este caso no sé cuántos miles de fotografías se necesitarían para comprender el pensamiento moderno y anticolonial que brota como si nada de estos versos publicados en 1828. Se llama el poema “Mi navegación” y comienza así: ¿Tanto afán y tanto derrotero? ¿Siempre halagar a mercaderes sandios y a malvados cuestores insolentes? ¿Siempre implorar la fuerza? No; que en mi quilla corruptora plata no he de traer de las peruanas costas; ni he de llevar al Méjico rebelde domeñadoras armas. Desde esta columna tapatía, 180 años después de su muerte. Rindo homenaje a este catalán decimonónico que no se dejó seducir por el endémico y a veces ridículo afán de dominación peninsular.