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Lunes, 14 de Octubre 2019
Ideas |

Él dijo que era aluminio

Por: Sergio Oliveira

Él dijo que era aluminio

Él dijo que era aluminio

Idealizar algo es peligroso. Lo es porque con frecuencia esperamos algo próximo a la perfección y ésta, ya lo sabemos, no existe. Pero cuando hablamos de automóviles se puede llegar al menos muy cerca de esa perfección soñada. Y me di cuenta de esto cuando conduje mi sueño más deseado, el poster que adornaba la pared de mi infancia: un Rolls Royce. Afortunadamente no hay que ir tan lejos, volar tan alto, mirar tan arriba para encontrar un coche que nos llene el corazón o más que esto, el alma. Cuando pasa al revés, sin embargo, cuando un auto queda por debajo de nuestras expectativas, la decepción produce un cierto dolor, como el que sentí cuando… bueno, cuando él me dijo que esa pieza era de aluminio.

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¿Qué hace de un auto algo especial? Para mí es cumplir su objetivo, hacer lo que se supone que tiene que hacer, ofrecer al que lo compra lo que esa persona esperaba que ofreciera. Cada vez que me toca conducir un coche que lo consigue el corazón se me llena de alegría. No importa si se trata de un pequeño Hyundai Grand i10 o de un estupendo Dodge Challenger Hellcat. Pero cuando ese objetivo de hacer lo que se supone que tiene que hacer logra rebasarse, es la gloria.

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No hay que ir muy lejos o pagar muy caro para esto. Un simple Kia Rio lo hace al ofrecer buen espacio, terminados, manejo, potencia, equipo y, más que nada, seguridad a un precio que nadie más es capaz de otorgar. ¿Es el mejor auto de su segmento? No. Un Honda Fit, por ejemplo, es un mejor producto. En nuestro país lo sería también si Honda de México decidiera equiparlo con las mismas seis bolsas de aire que pone en el auto apenas cruza la frontera Norte.

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Otro que hace algo parecido es el Volkswagen Golf, que nos da un interior bien terminado, igualmente bien diseñado, la potencia de un turbo con 150 caballos, un excelente manejo y la seguridad de una buena estructura, además sumada a siete bolsas de aire. Los ejemplos siguen y la misma satisfacción que recibes de esos autos llegan con un Mazda MX-5, un Ford Mustang o una Chevrolet Colorado.

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Superar o quedar abajo de las expectativas

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Los que nos dan hasta más de lo que esperábamos como una Mazda CX-9 con su espectacular interior, magnífico manejo y gran diseño, no nos salen de la memoria. Para mi el cielo se abrió ante mis ojos justo cuando Rolls Royce consiguió incluso superar mis elevadísimas expectativas. Lo hizo al ofrecer más espacio, confort, potencia, manejo y aún más lujo de lo que yo esperaba. El tipo de lujo que va mucho más allá de lo que ves, que se percibe y disfruta incluso en lugares donde no lo esperas, como al poner un cromado impecable a los rieles de los asientos delanteros, algo que se ve en muy pocas ocasiones, pero que cuando lo haces entiendes por qué pagaste tanto por un auto.

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Claro que no esperaba el lujo y atención al detalle de un Rolls Royce cuando me subí a la nueva GMC Acadia. Pero sí contaba con que un crossover que en su versión más equipada cuesta 100 mil pesos más que la estupenda Mazda CX-9, me diera al menos lo mismo que ésta, de hecho, algo más. Pero no fue así.

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En la prueba de manejo que tuvimos en las afueras de Las Vegas uno de los diseñadores de la Acadia nos acompañó. En la pequeña charla obviamente platicábamos entre los tres ocupantes -el otro era mi colega Héctor Mañón, de Autocosmos- sobre las virtudes y debilidades del auto y le mencioné que no me hacía muy feliz el plástico que se usa alrededor de la pantalla del centro de entretenimiento. Entonces él me dijo que era aluminio. Fue como si hubiera yo hecho el reto de la cubeta de agua helada sobre mi cabeza. ¿Aluminio? ¿De verdad? Porque no se ve ni se siente como tal. La típica temperatura fría del metal no estaba ahí. Él explicó que estaba pintada por varias capas de pintura por cuestiones de durabilidad. Vaya. Esto quiere decir que GMC decidió pagar el nada barato precio de usar aluminio verdadero en su auto, sólo para esconderlo debajo de varias capas de pintura en un proceso que cuesta, naturalmente, aún más. Me pareció como el que compra un auto con asientos de piel y lo cubre con una playera de su equipo favorito. Porque el lujo, si no lo puedes disfrutar, es inservible. Y esconder el aluminio bajo varias capas de pintura, me parece lamentable.

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Por esto me puse muy triste, hasta un poco deprimido cuando él me dijo que el “plástico” que no me había gustado era, en realidad, aluminio. La industria automotriz estadounidense, me quedó aún más claro, todavía tiene mucho que evolucionar. Y eso, me entristece mucho.

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