En 2014 se cumplen dos mil años del final del larguísimo reinado de Augusto, que marcó para siempre la historia de Roma y del mundo hasta entonces conocido. El emperador murió en el año 14 DC, el 19 del mes que por entonces ya llevaba su nombre. Sus cuarenta años en el poder no sólo vieron la transformación del gobierno y la administración de Roma, sino también la de su arte, su arquitectura y su literatura, que fueron uncidas al carro de la gloria de Augusto y su régimen y generaron modelos que seguirían ejerciendo una influencia poderosa en el arte imperial y dinástico hasta tiempos modernos.En distintos países se marcará el aniversario con exposiciones y congresos. En París se abre este mes, en el Grand Palais, la exposición “Yo, Augusto, emperador de Roma”, que ya antes se había montado en la capital italiana con el concurso de muchos museos. Augusto fue el primer experto en la propaganda política y el control de la imagen oficial, así que hay más estatuas y bustos suyos que de cualquier otro emperador. La muestra incluye también gran cantidad de objetos producidos en su época, cuando la paz y la bonanza de cuatro décadas pusieron fin a un periodo de caos y sangrientas guerras civiles y dieron pie a una nueva forma de vida.El joven Octaviano, como se llamaba originalmente Augusto, no pertenecía a ninguna de las grandes familias romanas, pero por el lado materno era sobrino nieto de Julio César, quien lo adoptó como hijo y heredero. Cuando César fue asesinado en 44 AC, Octaviano, de dieciocho años, Divi Julii Filius, quedó al frente de la facción juliana. Marco Antonio, desdeñoso, trató de neutralizar al arribista. Pero Octaviano fue paciente y, una vez eliminado sus otros rivales, provocó una guerra con Antonio, lo derrotó en Accio en 31 AC, lo orilló al suicidio (y al de su amante Cleopatra) y se anexó Egipto como feudo personal. Con la riqueza de ésa y otras provincias, fomentó una asombrosa cultura clientelar entre la plebe y el ejército, lo que le valió una enorme popularidad.Los intelectuales de la época (Virgilio, Horacio, Propercio, Livio), que habían vivido la espantosa anarquía que precedió la Pax Augusta, fueron sus grandes propagandistas. Augusto tomó el poder declarándose salvador de la República romana, pero de paso la abolió. Reinó como autócrata, pero mantuvo la ficción de que no era más que el “Primer Ciudadano”, y dejó como legado un nuevo sistema de gobierno imperial que continuaría 400 años más en Occidente y hasta 1453 en Constantinopla.Al consolidar la estabilidad del control romano sobre territorios de tres continentes, poner orden en el ejército y las estructuras administrativas, Augusto garantizó tres siglos de prosperidad para el Imperio romano y se convirtió en uno de los principales arquitectos del mundo moderno. Desde entonces su legado ha sido tema de reflexión (y en muchos sentidos de admiración) para todas las sucesivas generaciones.