Acabo de regresar de un viaje que realice al extranjero; al estar nuevamente en mi país, México; lo encuentro enfermo, en un lamentable estado por tanto robo, la inseguridad, asaltos, secuestros, robos a bancos y sobre todo, por desgracia, miles de muertos en la lucha en contra de tanto narco que proliferan como hongos en tiempo de lluvia por eso en esta colaboración me voy a olvidar temporalmente de tanto problema y me referiré a cosas más amables esperando que mis amables lectores hagan lo mismo. En la ciudad de Guadalajara, Jalisco, que es donde vivo, desde tiempo atrás hemos tenido personajes que se identifican con la ciudad: El que vendía leche de burra por las mañanas decía que era el mantenido por las hembras ya que las había bautizado con nombres de artistas de cine y vivía de ellas; el General Hilachas llamado así por lo estrafalario de su vestimenta, la que les daba de comer a las palomas en la plaza de Armas: La Pichona; Pero esta vez esta colaboración va dedicada al Sanfarinfas, ¿qué quiere decir el nombre?, ¿qué significa el apodo? Quién sabe, ningún diccionario lo registra, pero fue un personaje famoso de nuestra ciudad por su extraño trabajo que realizaba, persona chaparrita, patizamba que con dificultad recorría caminando grotescamente las calles del oriente de la ciudad desempeñando con un chiquigüite y unas tenazas de lámina su singular trabajo el cual requería de una personalidad muy especial. Esa actividad que realizaba aun cuando digna era poco higiénica y muy olorosa, molestando el olfato de las personas ya que, como en ese tiempo por el barrio que recorría estaban ubicadas la mayoría de las tenerías de la ciudad ahí se requerían sus valiosos servicios, pues en ese tiempo en esos negocios en vez de usar sustancias como el tanino para realizar el curtido de las pieles, se utilizaba directamente el excremento de los perros para lograr la fermentación rápida en las tinajas de curtido donde se vaciaba y para recogerlo de las calles y las esquinas donde lo dejaban los canes y entregarlo por kilos en las tenerías, donde lo vendía se ocupaba precisamente el Sanfarinfas, pero los chiquillos que por el rumbo vivían con la crueldad propia de la inocencia, al verlo pasar caminando con dificultad, cargando en la espalda con un mecapal el bote alcoholero o el canasto donde acumulaba lo que era motivo de su trabajo, empezaban a cantar fuerte para que el escuchara la tonada de moda en ese tiempo: Sanfarinfas que me muero Del olor (se repite) Yo quiero una paleta Yo quiero una paleta Sin olor O en ves de cantar, los chiquillos escondidos tras los postes o puertas de las casas le gritaban: ¡ahí viene el Sanfarinfas con su bote de ca... ! y pegaban la carrera poniéndose fuera de su alcance, pues él, corajudo, les aventaba con ella; hasta que de pronto tan pintoresco personaje dejó de recorrer las calles ¿se moriría el pobrecito de algún berrinche? ¿ya no ganaría lo suficiente pues era bien sabido que en las tenería le pagaban a 5 centavos el kilo de... perro que entregaba? No podría decirlo, crecí, me cambié de casa y barrio y dejé de mirarlo y ahora de vez en cuando lo recuerdo con nostalgia junto con la pegajosa tonada de los años 30 del siglo pasado: Sanfarinfas que muero de calor... y sigue.