Jueves, 09 de Octubre 2025

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Diario de un snob

Por: El Duque De Tlaquepaque

+ CASAS CÉLEBRES DE LA VIEJA GUADALAJARA.

+ VERDADERO PALACIO LO FUE “LA CASA DE LOS 20 BALCONES”.

+ SE ENCONTRABA EN UNA DE LAS ESQUINAS DE ALCALDE Y JUAN MANUEL.

+ TAMBIÉN LLAMADA “LA CASA ENCANTADA” FUE NOTABLE POR SUS HISTORIAS Y LEYENDAS.

+ HOY LOS DESCENDIENTES DE LA NOBLE FAMILIA QUE ORIGINALMENTE LA POSEYÓ FIGURAN EN TODOS LOS CAMPOS.

Hoy en día nada nos dice, al menos al grueso de la población de Guadalajara, la sola mención de “La Casa de los Veinte Balcones”. Acaso deberán pensar que es un nuevo restaurante, antro u hotel, pero en tiempos pretéritos (todavía en los años cuarenta del pasado siglo XX) la enorme finca que hacía una de las esquinas en las calles de don Juan Manuel y Alcalde (anteriormente llamada de Santo Domingo) era motivo de asombro o bien de un cierto misterio, la llamaban también la “Casa encantada” al parecer por las consejas de la gente del pueblo que suponían que se encontraba allí enterrado un fantástico tesoro. Este barrio, en la época a que nos referimos (siglo XIX) fue uno de los más linajudos de la Guadalajara colonial e independiente, sólo competía en lujo con la zona aledaña a la Iglesia de N. P. San Francisco y sus capillas anexas. Así don JUAN MANUEL CABALLERO y don FRANCISCO MARTÍNEZ-NEGRETE, como los GARCÍA-SANCHO, eran vecinos de los propietarios de la casona a que nos referimos. Al igual que algunos miembros de la familia CASTAÑOS y DE LANDERO los que al perder sus posesiones en la región o Cantón de Tepic instalaronse en este mismo cuadrante que además de la iglesia y monasterio de Santo Domingo contaban con la cercanía de la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y el Convento de Santa Mónica, así como el oratorio Filipense de San Felipe Neri pero, ¿quiénes fueron los misteriosos propietarios de semejante palacio? Para darnos una idea de la dimensión del mismo; el suntuosísimo Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso en la capital sólo poseía 18 balcones, el de los Condes de Casa Rul, en Guanajuato, cinco y el de los Condes de San Bartolomé de Xala tan sólo ocho. La sobria mansión en esquina la dominaba un enorme pilancón de cantera coronada por un nicho con la imagen de Nuestra Señora de Zapopan y, como toda la arquitectura de la Nueva Galicia, estaba desprovista de exagerados decorados o relieves. Entonces —como hoy— se pensaba que lo sobrio era y es lo elegante y elaborada en adobe y marcos y vanos de cantera efectivamente poseía 20 balcones de recio hierro forjado cuya mayor extensión se podía distinguir sobre la calle de don Juan Manuel. Al centro, enorme patio de dos plantas y arcos de medio punto, enorme portón claveteado que permitía la entrada y salida tanto de las recuas de mulas con su argentífero cargamento, como de los elegantes y lustrosos coches de los patrones de la señorial casa. La planta alta o “piano nobile” era generalmente ocupada por la numerosa familia y la baja se reservaba para fines comerciales o para salvaguardar los productos que haciendas y minas de plata que, como principal negocio, poseían los dueños de tan peculiar finca. A las habitaciones superiores se ascendía por una impresionante escalera de cantera con su descanso a mitad de la misma, en el muro que abría en dos la escalinata pendía una enorme imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y al llegar al piso alto un magnífico cancel de hierro forjado hacía las veces de protección. Una dama (LOLA TOVAR VILLAGORDOA de LOAEZA) que de muy pequeña vivió aún en la casona de sus antepasados y a la cual le tuvimos un especial cariño nos llegó a relatar que “a la siesta cuando los pájaros callaban adormecidos de calor, se dejaban oír las notas de un piano, llenas de una melancolía que jamás logre olvidar. Una de las tías posaba sus suaves manos sobre el teclado mientras en la cocina se molía y tableaba el chocolate de metate, y a las cuatro de la tarde sorbía, en compañía de la abuela, un pocillo de chocolate en agua con una exquisita rebanada de membrillate que hábilmente se preparaba en primorosos moldes en hoja de lata representando delfines, peces o una canastilla de flores”. La señorial casona había sido hogar desde los bisabuelos y al parecer en esta noble familia de origen tapatío-zacatecano a la súbita muerte del marqués de SANTA ROSA DE MALPASO de quien en alguna época había sido propiedad esta casa, a la muerte de éste había 32 parientes que se disputaban los derechos hereditarios de la fortuna y el título. A falta de entendimiento entre parientes y al partir súbitamente a Zacatecas a fin de aclarar los entuertos, la casa-palacio se cerró y se selló. Se cuenta que al recibir la infausta noticia durante la hora del desayuno se quedó la mesa puesta y se vino a encontrar, casi como se había dejado años atrás. Se contaba que sólo un empleado de todas las confianzas quedó a cargo de tan peculiar caserón y que en algún momento usando una muy singular treta se ocuparon los amantes de lo ajeno de introducirse y hurtar a manos llenas. Lo que sí es cierto, es que al sufrir Guadalajara la invasión de los franceses, éstos sí se dieron a la tarea de romper sellos y así como la habitaron, la saquearon. Años después concluido el litigio se dio fe de los estropicios y de las pérdidas. La bisabuela al fin tomó posesión de la casa quien fue una señora en toda la extensión de la palabra doña REFUGITO GORDOA y PEREDO de VILLA, esposa que fue de don AGUSTÍN FERNÁNDEZ DE VILLA y ARROYO DE ANDA, años después el apellido se simplificaría usándose como VILLAGORDOA. La bonanza minera con todo y los saqueos sufridos dio lugar a que esta mansión poseyera enorme vajilla de plata pura con escudo de armas del marquesado, tapices, retratos de familia, brocados, maravillosos muebles incrustados de marfil, enormes candiles de mil prismas de cristal, biombos, sedas y enormes tibores de cuando la Nao de China hacía de continuo sus rutas entre el Oriente, primero parando en San Blas y después Acapulco. Doña REFUGITO fue el símbolo de una clase y estirpe de mujer mexicana llena de abolengo y tradición, conservadora en sus costumbres, chapada a la antigua, religiosa ferviente con una gran casta y señorío; poco amiga de la llamada “sociedad” y menos de la intimidad, marcó siempre sus distancias e imponía un gran respeto a su derredor. De parientes y criados llegué a escuchar historias sobre aparecidos que rondaban los patios a la medianoche intentando tal vez señalar el famoso tesoro que según había y que la segunda esposa del marqués, doña MARGARITA RUIZ ESPARZA, en algún sitio había enterrado barras de plata y unas muy famosas esmeraldas. Otra lánguida dama de blanco se aparecía y se desvanecía en las puertas del oratorio privado de la casona. Una extraña coincidencia al hacer una reparación en 1900 condujo a un pasillo en donde se descubrió una momia perfectamente conservada y yacente en un diván ataviada de blanco y a la moda de los 1815. Ella había sido, al parecer, esposa de un antepasado celoso que la encerró a “cal y canto” y la dio por “muerta” en un cajón vacío. Aprovechando la revuelta independiente. De este mundo casi olvidado persiste aún el fragante aroma del arrayán, el guayabo, o el jazmín y, por supuesto, de la “reina de noche” una bella y curiosa planta que solamente florea ciertas noches y al amanecer muere. Como esta flor se fue y desapareció para siempre el famoso “Palacio de los Veinte Balcones”. Muchos de los parientes al encontrarse impreparados para el siglo que llegaba (el XX) fueron víctimas de bruscos cambios sociales y económicos y la mayor parte de lo que restó de la familia emigró a la Ciudad de México. Si hemos de creer en el poder de los genes y de esto no nos cabe duda, hoy a muchos años de distancia destacan de entre los descendientes de esta nobilísima y cultísima familia GUILLERMO, RAFAEL y FERNANDO TOVAR DE TERESA. El primero como la figura más respetada dentro de la historia y la crónica en nuestro país, autor de más de 45 libros; el segundo, como estupendo embajador y ministro de Cultura por varios sexenios y el tercero como notable jurisconsulto. De la familia LOAEZA TOVAR destacan también como escritoras de todo tipo y destacan en todos campos. De la riquísima colección de obras de arte y antigüedades, y biblioteca que albergó la mansión de “Los 20 balcones”, el más célebre de los anticuarios de entonces, don RAMÓN ALCAZAR intentó comprar todo a puerta cerrada, ignoro si lo logró, pero sí nos consta que el genial CHUCHO REYES rescató maravillosas piezas que al momento de su penoso exilio a la Ciudad de México salvó y se llevó consigo ¿casualidad o destino, que al llegar a la capital CHUCHO se encontró viviendo a una cuadra de los TOVAR VILLAGORDOA? Recuperando poco a poco algo de lo que en el “naufragio” se había perdido. Pero de esto y más continuaremos en la próxima.




 

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