Atmosféricas. Una nube de calor inclemente envuelve a la ciudad: los trabajos de mayo. El clima benigno del valle hace después olvidar cada año estos módicos -si los comparamos con los de otros lados- extremos de los termómetros tapatíos. Jadeantes, queda un consuelo: sin la estación de los ardores no llegaría jamás el bendecido tiempo de aguas, el resplandor de los follajes que habrán de estremecerse bajo el poderío de las tormentas del estío. Ni se tendría el contraste indispensable que hace posible la conciencia de los años. El jardinero recoge con callada concentración las hojarascas que estos soles dejan a su paso: bien sabe que de esta táctica retirada las enredaderas obtendrán pronto los triunfantes avances que sus guías conducirán sobre la espalda dorada del verano.**Una clave: la canción 13 del segundo disco de un álbum doble de Pearl Jam, que se llama Lost dogs. Rarezas, retazos, canciones desbalagadas, cajón de sastre de una de las mejores bandas del rock de todos los tiempos. Perros perdidos: a veces muerden, con sus colmillos de requintos desatados, sus redobles furibundos, y, de vez en cuando, con una sola palabra que nombra un fragmento que, por alguna razón, es un clavo en la memoria. Es el caso de Brother. No hay ninguna voz: solamente la banda que, como una máquina precisa, siempre un poco demencial, recorre a través de esta canción un camino que se abre, cada vez distinto, para quien oiga estas notas. Hermano, el de la sangre, o el de la venturosa elección: el perdido y el presente, el que se extravió en alguno de los laberintos de la vida, el que volvió la espalda y dejó atrás el esencial pan de la camaradería, el que derivó insensiblemente hasta borrarse en la niebla del recuerdo. El que permanece inconmovible a través de las mareas de las estaciones, de los desencuentros y los veleidosos humores, de los inevitables escollos. El que levanta, a lo lejos, la bandera de su presencia inmutable a pesar de las distancias que impone la vida. Nada: trazas y huellas de los días que se van, que siempre son más ciertos y más hondos al amparo del brazo del hermano que sabe dar razón y sentido de los pasos fugaces, compartidos. Ahora, se oye otra vez a Pearl Jam, el retumbar de lo que a la existencia sostiene.**México el otro día. Es desde hace rato noche cerrada en la calle de Luis Moya, sumergida en la suntuosa decadencia en la que el centro de esta ciudad alucinante sabe navegar. El viejo cine abandonado parece consumirse en las invisibles llamas de su ruina implacable. Su fachada dorada y extravagante es el último testimonio de años de multitudes atraídas por sus galas de pacotilla, de perfumes baratos y fáciles emociones de celuloide. Un vagabundo, y no cualquiera, evidentemente, ha establecido su cuartel general contra una de las puertas condenadas. Con paciencia y gusto impecable ha instalado un trono majestuoso utilizando desperdicios, paquetes de basura selecta, bultos de bolsas de plástico. Una delicada simetría gobierna la composición, una escala heroica sabe imponer el indispensable respeto: no habrá policía que se atreva así a desalojar al soberano de la cuadra -quizá de todo el centro. Sentado en su sitial, con la indiferencia de los elegidos, el rey exige de vez en cuando, a los transeúntes que se animan a cruzar ante su presencia, el tributo de un cigarro. Algunos atinan, balbuceantes, a dárselo; otros, confundidos, algo dicen de no fumar, de no traer, se alejan avergonzados. Desde enfrente, un conciliábulo sucede. Los amigos deliberan sobre la pertinencia de llevarle una cajetilla completa al soberano de Luis Moya, como mínimo homenaje a su presencia edificante, a su estoico magisterio. Al fin, un emisario atraviesa el arroyo y ofrece, con humildad, el óbolo de los instantáneos súbditos. Desde una distancia sideral, entonces, el rey hace un gesto de displicencia, rechaza con altivez la prenda. Comprenden entonces los amigos que el imperio del soberano mendicante se funda, precisamente, en la indómita libertad que invariablemente ejerce: es él quien otorga la gracia de rendirle pleitesía, es él quien sabe cuándo pedir, de quién recibir lo demandado, de quién obtener -confirmación de su poderío- algunas palabras de excusa, un gesto de temor y reverencia.Enfrente, un oscuro bar ofrece el turbio fulgor de mil mezcales. El calor arrecia, una música ensordecedora inunda la calle, pesado es el aire. Mal camina la noche. Hasta que de un coche de sitio desembarca, esplendente, todas las flechas terciadas en su carcaj, la muchacha cuya aparición transfigura la vigilia. Y así es.**Ozymandias es el nombre griego del faraón Ramsés II. Hacia 1816 un oscuro aventurero italiano profanó su mausoleo en Tebas y se alzó con los frutos de su rapiña. Con característico gesto, el Museo Británico se hizo del botín. Desde 1817 gran expectación causó en Londres la próxima llegada del fragmento de la cabeza de la estatua. Pesaba más de siete toneladas. El despojo no habría de llegar, sin embargo, hasta 1821. Pero, las imaginaciones se inflaman. Ya desde 1818 Percy Bysse Shelley, el otro gran poeta de su generación, había compuesto uno de sus sonetos definitivos. Un ceñido, justo, canto a la fatal y perecedera grandeza terrena, al tiempo despiadado. Hernán Braco Varela, siempre atinado, publicó hace unos días una espléndida versión del poema, debida a Pedro Poitevin:OzymandiasUna vez un viajero de una nación ajena me dijo: “En el desierto se yerguen, roca y roca, dos piernas ya sin tronco. No lejos, en la arena, yace un rostro destruido, en cuya antigua boca de labios arrugados, en cuyo frío ceño, se adivina la mano de un escultor preciso que captó esas pasiones -ahora sólo un sueño pétreo- para mofarse de un corazón narciso: aún se pueden leer dos líneas cual suspiros: « ¡Mi nombre es Ozymandias, el máximo monarca, mirad aquí mis obras, oh grandes, y rendiros!» No queda nada más. En todo lo que abarca esta grandiosa ruina desnuda e ilimitada la llana y sola arena se extiende hacia la nada”.**No puede evitar este espectador la transcripción de otro soneto, éste de Jorge Luis Borges, en el que se levantan parecidos ecos. A los que se agrega, quizás, una lección aprendida: el olvido como consuelo, la definitiva inutilidad de la búsqueda de cualquier permanencia…Aquí. HoyYa somos el olvido que seremos.El polvo elemental que nos ignoray que fue el rojo Adán y que es ahoratodos los hombres, y que no veremos. Ya somos en la tumba las dos fechasdel principio y el término. La caja,la obscena corrupción y la mortaja,los triunfos de la muerte, y las endechas. No soy el insensato que se aferraal mágico sonido de su nombre. Pienso con esperanza en aquel hombreque no sabrá que fui sobre la tierra.Bajo el indiferente azul del cielo,esta meditación es un consuelo. jpalomar@informador.com.mx