Domingo, 19 de Mayo 2024

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De lengua, tacos y tacos

Por: Paty Blue

Cuando la vida nos concede muchos más ratos para la reflexión y cada vez menos espacios para la acción, con frecuencia me sorprendo descubriendo el universo en una hormiga que baja por el tronco de un árbol o en la hojita que el viento hace rodar de un lado a otro por la banqueta. La verdad y en términos no tan poéticos, lo que me sucede, más bien, es que de repente me quedo como ida, con la mirada fija en el vacío, acaso interrumpida por un cabezazo que me anuncia que me ando adentrando en la antesala del sueño, porque la vigilia sostenida por muchas horas, al igual que una charla de corridito, sin atorarme para rescatar un nombre olvidado, a estas alturas, ya es un lujo que no siempre puedo darme, a menos que me haga desfilar por el cogote un vasto torrente de cafeína o buenas raciones de refresco de cola.

Es en esos estadios entre la realidad y el limbo (señal inequívoca de que la transmisión mental nos anda patinando)  que me da por recordar en retrospectiva toda aquella retórica setentera con que definí mi vida, trepada en la cúspide del idealismo juvenil, el espíritu contestatario de las canciones de protesta, los inspirados jirones del diario del Che Guevara y los hitos poéticos de Gibrán Jalil, y tracé planes y consignas para un futuro que veía tan incierto como lejano.

Fue entonces, en mi revolucionaria conciencia que se volvía burguesa con las melodías de los Beatles, que proclamé que me uniría libremente con quien eligiera, sin que mediara documento alguno; que respetaría y alentaría a mis potenciales hijos, si éstos quisieran abrazar la vocación de taqueros, siempre y cuando fueran los mejores en el gremio y que, llegado el entonces muy distante momento de envejecer, lo haría con la majestuosa dignidad de una de esas divas hollywoodenses cuyas canas nunca se ahogaron en tintes, ni permitieron que el bisturí tocara sus ajadas carnes. Empero, sólo por si acaso, me casé por todas las leyes conocidas, casi me infarté cuando mis hijos optaron por la música como carrera y oficio y es hora que no le encuentro lo digno a eso de envejecer, cuantimenos cuando quienes nos rodean, en un desafortunado lance de piedad mal entendida, nos transmiten su mortificación porque todavía nos ven madrugando y trajinando para ir a trabajar, y nos preguntan poniendo cara de angelito de estampita por qué no nos hemos jubilado.

Como bien dijo otro de los asiduos habitantes de mi juvenil acervo, Antonio Machado, cuyos textos musicalizados por Serrat entoné mil veces, “lo nuestro es pasar”, pero no me simpatiza que me anden carrereando, ni que me compartan su percepción de que mejor haría yo sentándome al sol en un equipal, con una frazada cubriéndome las piernas y sobándole el lomo a Hortensia y Grizabella, mis apreciadas felinas, mientras veo a las hormigas que descienden por el árbol o a las hojitas rodando por el viento. Ni duda cabe que mi desfondado gusto por los tacos de lengua data desde mis tempranos ayeres.

Y desde aquí envío granitos de fuerza y optimismo a don Alejandro Blum que ayer amaneció sin vesícula y sin cuscús porque se la iban a sacar. Todo pasa, don Álex, bienvenido al club de los sexagenarios desvesiculados, hiperglucémicos e hipertensos a quienes ni el sistema les permite jubilarse todavía.
 

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