No es fácil encontrar actualmente una fotografía de la Librería Font en sus días de gloria, por la calle de López Cotilla 442, entre Ocampo y Galeana. Constituyó, esta edificación, una de las intervenciones más atinadas de la arquitectura moderna en la zona tradicional del Centro de Guadalajara. Con sus asegunes, claro. Pero supo mantener la escala y la dignidad del entorno y aportar un nuevo lenguaje que, en términos razonablemente civilizados —como corresponde a una librería— encontró su lugar en el contexto. Salvo error, su arquitectura debió ser hecha por Julio de la Peña. Debe haber sido construida en los últimos años cuarenta del pasado siglo, o los primeros cincuenta. Albergaba un remetimiento en su fachada, a manera de un portal reinterpretado, en el que el peatón podía considerar tranquilamente los aparadores y sus contenidos. En el recuerdo aparece un recubrimiento de cerámica azul (¿o roja?) que ostentaba parte del frente. Vino a sustituir a la legendaria Librería de Fortino Jaime, “El árbol de Navidad”, como centro de reunión de buena parte de la intelectualidad tapatía de la época. Sus conspicuos integrantes se dieron cita, a partir de la extinción de esta negociación un poco pasado el medio siglo, en el local de Font para comprar las últimas novedades en sus bien surtidos anaqueles y para conversar sobre libros, cultura y las novedades tapatías en distintos campos. La nómina de hombres ilustres que pasaron por la Librería Font y su cotarro incluye al canónigo José Ruiz Medrano, Efraín González Luna, José Arriola Adame (dueño de la mejor biblioteca de literatura francesa del país), Ignacio Díaz Morales, Octavio G. Barreda, José Cornejo Franco y muchos otros. Entre los clientes de los años cuarenta —seguramente en su anterior ubicación— figuraron Juan Rulfo, Juan José Arreola, Antonio Alatorre… La librería llegó incluso a tener sus propias ediciones con volúmenes de valía. Todavía por los años setenta y ochenta la Font conservaba parte de su prestigio y ofrecía, entre su vasta y heteróclita existencia, muchos ejemplares de gran interés. Debe haber sobrevivido hasta el principio del milenio. De entonces, aproximadamente hasta hoy, el local ha sido radicalmente transformado. Ahora, con su fachada ampliamente desfigurada, aloja localitos y un antro del que salen estridentes y sórdidas “músicas” que ensordecen y ofenden al transeúnte y al vecindario sin que haya —para variar— autoridad que ponga orden. Ni en la fisonomía del edificio ni en sus usos. La suerte de la Librería Font de Guadalajara es una precisa metáfora de lo que ha venido sucediendo con la ciudad, y particularmente con el Centro metropolitano. Decadencia, adocenamiento, vulgaridad, sustitución de usos de provecho por giros de más que dudosa utilidad pública. Quienes quieren conseguir buenos libros tienen cada vez menos opciones. La cultura se ha ido arrinconando y alejando de la gente. Y la arquitectura, ese testigo insobornable de la historia (como dijera Octavio Paz), lo denota puntualmente. De una digna y justamente célebre librería, con arquitectura de calidad, se ha transitado a un triste despojo ocupado por un ruidoso y agresivo establecimiento “recreativo” y unos localitos de fortuna. O tempora…