Jueves, 09 de Octubre 2025

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¿Cuándo cayó el Imperio romano?

Por: María Palomar

¿Cuándo cayó el Imperio romano?

¿Cuándo cayó el Imperio romano?

Siempre vale la pena darle una leída al New Statesman, una de las viejas revistas inglesas (fundada en 1913) que es fácil ver en internet. Los artículos de política y sociedad suelen ser aplastantemente biempensantes, o lo que es lo mismo conmovedoramente radicalitos: durante la Segunda Guerra Mundial el editor, Kingsley Martin, se negó a publicar los artículos desde Barcelona de George Orwell, porque criticaban a los estalinistas...


Pero, pese a todo, la sección cultural del semanario, con sus reseñas de libros, teatro, música y demás (en la que alguna vez colaboraron Cyril Connolly y Auberon Waugh), siempre fue la más interesante y lo sigue siendo. En el último número de mayo hay un estupendo artículo del joven historiador británico Tom Holland titulado “Por qué caen los imperios: de la antigua Roma a la Rusia de Putin”.* Señala cómo, para Occidente, la caída del Imperio romano sigue representando la mayor catástrofe jamás vivida en la historia de la civilización, una ruptura de proporciones incalculables, y que hasta hoy determina cómo entendemos, instintivamente, la noción de imperio: todo lo que sube debe caer.


Sin embargo, habría que considerar algunos aspectos que matizan de modo significativo tal idea. En primer lugar, Roma no cayó en una fecha fija, pues tras las derrotas de Rómulo Augústulo (476) y Julio Nepote (480), en la capital las cosas por lo pronto quedaron prácticamente iguales: se siguieron eligiendo cónsules, el Senado continuó sesionando y en el Circo Máximo había, como siempre, carreras de caballos. Además, lo primero que hicieron en Occidente los bárbaros fue apropiarse de la lengua, las leyes, las galas y toda la parafernalia del Imperio romano, rebautizado Sacro. Y, sobre todo, la noción de “romanidad” se mantendría aún por muchos siglos. En Constantinopla, la “segunda Roma”, siguió sin ruptura hasta el siglo XV el Imperio romano de Oriente, y en todo ese ámbito bizantino, aún en la actualidad, los pueblos helenizados se refieren a sí mismos como romaeoi.


El tercer avatar de Roma, no hay que olvidarlo (y menos ahora), es Rusia. A finales del siglo X, Vladimiro el Grande, un bárbaro cristianizado, se casó con la princesa bizantina Ana, hermana del Emperador Basilio II. Y, sobre todo, se apropió simbólicamente de la legitimidad del Imperio romano mediante la conquista de Quersoneso, la antigua ciudad griega... en la península de Crimea.


Si hay un país en el mundo donde subsiste con fuerza la memoria de la grandeza del Imperio romano, es en Rusia.


En 1783, cuando Catalina la Grande se anexó Crimea, su sueño era restaurar el Imperio bizantino. Potemkin le escribe entonces que los territorios conquistados son los que Alejandro y Pompeyo apenas pudieron divisar, y que Quersoneso, “el origen de nuestra cristiandad, y por lo tanto de nuestra humanidad, está ahora en manos de su hija”. Termina Tom Holland su artículo diciendo: “Por lo pronto, nadie ha escrito en esos términos a Putin, pero si alguien lo hiciera, no resultaría demasiado sorprendente”.

*http://www.newstatesman.com/politics/2014/05/why-empires-fall-ancient-rome-putins-russia
Los artículos de política y sociedad (de la revista inglesa “New Statesman”) suelen ser aplastantemente biempensantes, o lo que es lo mismo conmovedoramente radicalitos
 

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