Viernes, 31 de Octubre 2025

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Crónica de la impotencia (nuestra y de la autoridad)

Por: Sergio Oliveira

Crónica de la impotencia (nuestra y de la autoridad)

Crónica de la impotencia (nuestra y de la autoridad)

La columna de hoy no la escribo yo. La hace un buen amigo, infeliz lo suficiente de haber vivido lo que describe, pero a la vez afortunado lo bastante para estar contándola. Retrata algo que de tan común, se vuelve a la vez interesante, aunque no menos indignante. Vale la pena leerla. “Madrugada de sábado. Camino hacia mi auto después de despedirme de los amigos de la fiesta. Hubo un buen rato para olvidar los asuntos de la semana, doy unos cuantos pasos para bajar la cena. Fijo la vista en donde está mi coche y veo un bloque de concreto gris cerca de llanta trasera derecha. Pienso primero que no recuerdo haberlo visto y que tampoco me estacioné cerca de la banqueta. Me acerco más, está muy oscuro. Descubro entonces el disco de los frenos recargado sobre el bloque de concreto. Mi rin y la llanta desaparecieron. El susto Vuelvo a la reunión, mis amigos me reciben extrañados y con algunas bromas. Les explico lo sucedido y entonces sus caras cambian. Salen varios amigos y entre la luz que puede generar la pantalla de unos cuantos celulares, descubrimos que los tornillos del rin están esparcidos. Finalmente encontramos los cinco. Pongo la llanta de refacción, agradezco la ayuda y me despido. Mi primer pensamiento es qué hubiera pasado si hubiera hecho el movimiento de rutina: subirme al auto, arrancar el motor y comenzar la marcha. Otra historia sería. Pero esa noche, quizá con un toque de suerte, mi auto pudo salir rodando. Enciendo las luces y justo delante de mí descubro que no fui la única víctima. Hay tres autos como el mío. A todos nos quitaron la misma llanta. Con el coraje acelero y me dirijo a la caseta de policía de mi colonia. No espero una solución pero sí darles a conocer el problema. Muy simple: soy una víctima más. Pero todo es inútil (otro caso más). Las luces están apagadas en la caseta y no hay patrullas. Regreso a casa con todo menos la diversión que busqué al salir de ahí. Tengo impotencia, mucho coraje, arrepentimiento por haber sacado mi auto cuando iba tan cerca. Luego pienso en la inseguridad, en el discurso, en las balaceras. Luego, ya más tranquilo hasta me conformo con que sólo se hayan llevado una rueda. La impotencia A la mañana siguiente llamo al área de refacciones de una agencia de la marca de mi auto. Una voz amable me informa el rin cuesta 5,500 pesos, más 2,600 por la llanta. Otro “robo” estuvo a punto de cometerse, pero en definitiva decidí no comprarlos ahí. Explico el caso a mi familia y me aconsejan: “Sabemos que nunca lo has hecho, que nunca lo harías, que te dará mucho coraje, pero por los costos, quienes se llevaron tu llanta te están obligando a ir a donde ya sabes”. Esta vez mis principios se vencieron ante la impotencia de haber pagado los 8,100 pesos. No tiene por qué pagar uno el mal de otros (aunque para ellos termina siendo un bien, es un negocio tolerado por la autoridad). Un pants, unos lentes oscuros, y voy acompañado en un taxi hacia la zona conocida como “la 5 de Febrero y la calle Los Ángeles”, donde todo mundo sabe que caen las autopartes “calientitas”. El primero que me atiende tiene unos 30 años de edad. Me dice que no lo tiene pero que vaya una cuadra más adelante. Llego a otro local donde está un joven de unos 20 años que me da referencias precisas: “Mira, hay uno que es carero, pero seguro lo tiene”. A dos cuadras de ahí está el lugar, vende únicamente de la marca de las piezas de mi coche: divisiones por marca, al igual que en los concesionarios. Luego encuentro el local, pregunto por mi rin y el joven que me atiende toma el radio para preguntar. Sí lo tienen. Ahí está. En perfectas condiciones. De no ser porque tiene una llanta tan desgastada, juraría que es el mío. Quien me atiende me dice que lo vende porque le quitó ese juego de rines a su coche y ya no le sirven. Pregunto el costo y me dice que serían 1,800 pesos por el rin con todo y la llanta. Le digo que para mí comprarlo es un asunto de necesidad. No estoy cambiando las piezas porque se vean mal en mi coche. Que lo necesito y que sólo traigo conmigo 1,500 pesos. Me contesta que “con eso no sale”. Le digo que buscaré otro y que si no encuentro, volveré con él. Me contesta un poco molesto que se iría en media hora y que será difícil que encuentre algo así. El último coraje Me detengo en un local grande. Exhibe muchas piezas nuevas pero en esos minutos veo que entregan únicamente usadas. Atiende un joven veinteañero quien me muestra el que yo necesito pero está más deteriorado que el anterior. Tomo la calle para volver al local y pagar los 1,800 pesos. No tengo opción. A lo lejos distingo la cara de quien me atendió: me está esperando. Con una sonrisa cínica me dice que estaba seguro que volvería. Le insisto en bajar el costo y sólo sonríe: “de veras no sale amigo”. Le pago presionando la mandíbula. Me subo al taxi de regreso a casa, con un rin en la cajuela, fijándome en cuántos autos que veo en el tráfico, no traen un espejo, les falta una defensa e incluso veo una camioneta nueva sin faros. Algunos van hacia la 5 de Febrero. Yo ya vengo de ahí”. Si alguna moraleja nos deja es que, al perder las esperanzas de contar con la autoridad, el mejor remedio es contratar un buen seguro, que incluya protección contra robo de partes.

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