Miércoles, 28 de Febrero 2024

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Corrosiva y avinagrada

Por: Paty Blue


Pos sí, hijos y parientes que me dispensan sus afectos, tienen razón al señalar que, hasta ayer o antier, si algo me distinguía en la vida era mi perenne despreocupación que con frecuencia se traducía en un carácter relajado y amable, capaz de enfrentar duras y maduras con buen ánimo y, aunque irónico o medio cáustico,  hasta con cierto sentido del humor que cooperaba a mantener a raya los arrebatos temperamentales que provocan algunas personas y situaciones adversas. La silvestre filosofía de que si las cosas tienen remedio pa qué te apuras, y si no lo tienen, iguanas ranas, me había venido funcionando sin problemas y como santo remedio para mantener esa paz interior que siempre he considerado como mi mayor capital en activo.

Pero, oh malhadada conjunción de perversas circunstancias que parece estarme  volviendo un ser desbordante de neurosis y resabios varios porque el orden físico, social, mercantil, económico, vecinal, automotriz, médico y fiscal me ha caído en un frenético desorden que no hallo por dónde empezar a reacomodar, aunque me empeñe e invoque la cooperación de los entendidos en cada rubro, y quienes no hacen más que coincidir conmigo en que los gobernantes nos están complicando muy gacho la existencia con sus nuevas normas y reformas, a sabiendas de que la mayoría de sus explotados no cuenta con la abundancia requerida de ese mágico y único recurso para exorcizar casi cualquier entuerto.

Sospecho que no soy la única urgida de que las autoridades entren en razón y paren de estar inventando nuevos mecanismos de tortura mental, psicológica y monetaria. Intuyo que no soy la única protagonista de una galopante crisis a la que le falta tantito así para ser nominada al Óscar por sus efectos especiales, particularmente enfatizados en aquellas escenas en las que un ciudadano común se convierte en un ser amargo e inconsecuente, a quien cada vez con más frecuencia le bota el tapón de la impaciencia y le hace erupción la intemperancia.

En mi filme personal, la trama comienza cuando, tras un zapotazo que le deja dos raspones en las rodillas y uno más en la autoestima, una provecta dama debe enfrentar, en un lapso de apenas ocho días, un complejo examen cardiológico que le sangra el ánimo y el bolsillo, seguido del anuncio de que el seguro, refrendo y servicio mecánico de su auto deben ser cubiertos sin dilación, una vez que haya hecho lo propio con el impuesto predial.  

Acto seguido, el distinguido carcamal de señora es notificada de que su edad no le permite aspirar a hacer válido su crédito de Infonavit, pero sí le concede el gozoso privilegio de seguir pagando impuestos, aunque no pueda cobrar sus honorarios en tanto no consiga integrar todos los moños fiscales que conlleva la nueva forma de facturar, misma de la que no fue advertida por el indolente contador que devengó a tiempo sus estipendios pero no hizo lo mismo con su trabajo. Tal carga emocional provoca que la otrora afable y hasta ocurrente doña termine pelándole el diente al vecino incómodo quien, con el constante ladrido de sus cuatro perros a los que ni por equivocación saca a pasear y los estridentes acordes de música grupera con que siempre anuncia su llegada al vecindario, le desatan el deseo de poner a jinetear a los protagonistas del Apocalipsis.
 

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