Desde los preceptos de nuestro padre Vitrubio, como decía Ignacio Díaz Morales, hasta las enseñanzas de este último maestro, ha quedado claro para qué sirve un arquitecto. En breve, para resolver, de manera expresiva, las necesidades espaciales del hombre. Y estas necesidades son de una gran amplitud: pueden ir del remiendo de un cuarto, el arreglo de una vivienda o un local, una casa nueva o un conjunto de ellas, una gran fábrica o un aeropuerto, un vecindario, un barrio, una ciudad, una región. Es obvio que para hacer su tarea, el arquitecto requiere de colaboradores: desde el albañil o el maestro de obras, diversos técnicos, ingenieros, estudiosos de aspectos específicos de la planeación, de la demografía, la economía, la hidrología, y un largo etcétera. Pero, al final, el arquitecto es quien debe concebir la idea del espacio, la estrategia para volver lugares memorables, útiles y sustentables todos los ámbitos sobre los que actúe. Por eso lleva el título de arquitecto. No es soberbia ni ambición desmedida, es pura función social. Curiosamente en una o dos generaciones de arquitectos que actualmente llevan adelante trabajos en Guadalajara (y en muchos otros lados) es posible detectar un cierto, o aun acentuado, ensimismamiento. Profesionales capaces, en muchos casos, que se dedican a llevar adelante una práctica que, si bien puede resolver sus necesidades alimenticias, se limita a horizontes muy estrechos. Para poner un ejemplo: la arquitectura que se hace al interior de los llamados “cotos”. Sujeta a normatividades incluso formales, limitada a lotes con frecuencia demasiado reducidos para su programa, la construcción resultante es en tantos casos, contrahecha y grotesca. Esto –en estos recintos cerrados y ajenos a la ciudad- no lo ve (casi por fortuna) más que los vecinos, en honor a quienes la casa adquiere tal o cual fisonomía. Las escasas muestras de arquitectura significativa que en los “cotos” se producen son mayormente mudas –o autistas-, al no establecer ningún vínculo con la ciudad real y sus habitantes, que están y viven en la ciudad abierta (en la ciudad a secas). La arquitectura requiere diálogo, confrontación, presencia. De allí la emergencia en este tipo de arquitectura de un cierto preciosismo –o de un claro amaneramiento, si se quiere- que se clava en buscar recubrimientos llamados -un poco cómicamente- “de ingeniería”, en texturas laboriosas, en piedritas y cocinas que cuestan carísimas, en carpinterías inútilmente onerosas y en gestitos formales que claman por denotar su originalidad. Sin embargo, en términos espaciales tienen muy poco que decir. Es cierto, alguien tiene que hacerlo: ¿pero quiénes? Todos los grandes arquitectos han encarado el problema de la ciudad. Nuestro contexto vital está urgido, en nombre de la justicia y de la solidaridad, de una muy intensa labor de arquitecturación. Esto es: proveer de relevancia, significación y sentido –a través de los arquitectos y su arquitectura- al vastísimo espacio público que carece de estas características esenciales para una vida comunitaria –e individual- más plena. Son labores cuyos encargos ciertamente no vienen empaquetados en un cliente con su pequeño lote tras una muralla: exigen inquietud profesional, conciencia social, compromiso con la ciudad, gestión. Mucho del talento que ahora se clava en la insulsa textura de casas cuya factura lo absorbe es requerido con urgencia para encontrar vías de hacerse plenamente útil a la sociedad. (Y esto puede ir de la contribución de proyectos para una guardería, un comedor popular, el arreglo de un corredor vial, de un espacio abierto, de todo un barrio…) De este modo, también se puede resolver la cuestión alimenticia personal. Nomás que ejerciendo un oficio con una trascendencia y una repercusión comunitaria capaz de producir, ora sí, arquitectura en su más profunda significación. La arquitectura de a deveras busca, al final, dotar de poesía a la vida. Y el panorama es desastroso. Hay que decir, con Rimbaud: Cambiemos la vida.