Jueves, 02 de Julio 2020
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Bebés radiactivos en la oscuridad

Por: Rosa Montero

Bebés radiactivos en la oscuridad

Bebés radiactivos en la oscuridad

Últimamente me ha dado por leer libros sobre la radiactividad y Madame Curie, y en uno de ellos, Curie, de Sarah Dry (Editorial Tutor), me he topado con algo que aún no sé si calificar de desternillante o de espantoso. El caso es que cuando se descubrió el radio, ese elemento esquivo, fosforescente y misterioso creó una inmediata fascinación en el imaginario popular. Desde muy pronto se le consideró una especie de bálsamo de Fierabrás, capaz de curar el cáncer y de arreglar casi todo. Un verdadero milagro de la ciencia. Y así fue cómo la radiactividad se puso de moda.

La industria, olfateando pingües beneficios con el uso de esa sustancia nueva tan bonita, enseguida comenzó a fabricar masivamente todo tipo de preparados comerciales con radio. Por ejemplo, durante los primeros años del siglo XX se vendieron multitud de cosméticos que contenían este peligrosísimo ingrediente. Decían que era eficaz contra la celulitis, contra las arrugas, contra la flaccidez. “La radiactividad es un elemento esencial para conservar sanas las células de la piel”, proclamaba un anuncio de la crema Alpha-Radium. Otro anuncio de los cosméticos Tho-Radium, reproducido en el libro de Dry, muestra un bello rostro de mujer espectralmente refulgente sobre un fondo negro, como si estuviera irradiando una energía mágica. Se vendían tónicos capilares y champú con radio; también un trapo de fregar platos radiactivos, la bayeta Radium, que supuestamente dejaba los cacharros ultralimpísimos.

Y aún hay más, algo verdaderamente espeluznante: llegaron a vender lana radiactiva. Supongo que sería un producto muy caro, y que por eso reforzaron el deseo del comprador promocionando la lana como algo especialmente recomendable… ¡para tejer la ropa de los niños! El anuncio decía así: “Al tricotar las prendas para su bebé, utilice la lana O-Radium, una preciosa fuente de calor y energía vital, que no se encoge ni se apelmaza”. Ahora que me paro a pensarlo, me doy cuenta de que la mayoría de las víctimas de este mortífero comercio eran las mujeres o bien los niños de esas mujeres… Señoras que se untaban la cara con cremas radiactivas, amas de casa que fregaban cacharros con estropajos casi nucleares, abnegadas madres que se quemaban los dedos tejiendo ropitas abrasadoras que luego, ay, envolverían los cuerpos de sus bebés. Se diría que las mujeres siempre hemos sido presa fácil de estos mitos ponzoñosos, de estos comercios letales, quizá por la falta de cultura de la mujer tradicional, o por nuestra facilidad para creer en los sueños, o por la dictadura de la belleza… Como sucedió durante dos milenios, desde la antigüedad grecolatina hasta el siglo XVIII, con el uso del albayalde como maquillaje blanqueador del cutis. El albayalde, que es carbonato de plomo, envenenaba lentamente a las usuarias, en quienes provocaba mareos, trastornos digestivos, dolores de cabeza, ceguera, parálisis e incluso la muerte. Generaciones y generaciones de mujeres pagaron su deseo de estar bellas con la salud.

Es verdad que, a principios del siglo XX, el coqueteo con la radiactividad era general y la ignorancia sobre su capacidad para matar casi absoluta. Ni siquiera los científicos que trabajaban con ella eran conscientes; Pierre Curie tenía una botellita con sales de radio sobre su mesilla de noche, para disfrutar con el fantasmagórico resplandor que despedía en la oscuridad. Y tanto Pierre como Marie y otros científicos sufrieron tremendas quemaduras en las manos o en el pecho (como le sucedió a Becquerel tras llevar un tubito radiactivo en el bolsillo del chaleco durante seis horas), cosa que, sin embargo, e inconcebiblemente, no les alertó sobre su peligrosidad. Tal vez porque la radiactividad es un asesino taimado y silencioso: no abrasa en el momento, no te hace sentir absolutamente nada en el primer instante, sino que la herida, dolorosísima y de difícil curación, aparece 15 días más tarde. De hecho, tanto Marie como Pierre Curie enfermaron gravemente por la radiactividad. A Marie acabó causándole la muerte, y si su marido evitó ese destino fue porque un carro lo atropelló antes de que el radio lo fulminara.

Lo más alucinante es que esta ignorancia duró muchas décadas: todavía recuerdo aquellas fotos de los ensayos de las bombas atómicas en los desiertos norteamericanos, con los periodistas, los invitados VIP y los generales admirando el hongo atómico en el horizonte cercano, tan felices y tan panchos (y tan irradiados). Y aquí viene la congoja mayor: ¿qué barbaridades estaremos haciendo ahora sin saberlo, qué errores tan peligrosos y letales, en qué infiernos nos estaremos metiendo? En fin, tal vez pienses que no es probable que pase algo así, que ahora todo está más controlado, que somos más sabios. Ya. Justamente eso mismo pensaba todo el mundo por entonces, mientras los bebés fulguraban en la oscuridad dentro de sus ropitas asesinas.

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