Martes, 21 de Mayo 2024

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Aves de mal agüero

Por: Carlos María Enrigue

Aves de mal agüero

Aves de mal agüero

A la mejor usted no se enteró. A la mejor usted perdió el tiempo leyendo notas sobre la economía – hay quien difunde el error de que, al igual que los horóscopos, las noticias financieras son inventos que se van reciclando cada cierto tiempo sin que nadie se de cuenta. El caso es que el día 11 de enero sucedió un hecho que va a trascender en la historia de la humanidad.
 
Y es que, según reportan diversos medios de comunicación, aproximadamente a la 1.23 horas de la madrugada, un señor, de nombre Guillermo Yamil Reyes Torres, tuvo que someterse al escrutinio de uno de los puntos de revisión chilangos conocidos popularmente como “toritos”.
 
Esto, de si, no tendría nada de novedoso ni de llamativo, pues noche tras noche son miles los ciudadanos que participan en tan loable acción gubernamental. El detalle fue que, mientras el sacaba el alegato de estudiante de primer semestre de la carrera de derecho, de que los retenes son ilegales y que el poli no es una autoridad competente para detenerte, su mascota, un perico originario de Ayutla, Guerrero, empezó a pegar de gritos delatándolo al decir “¡Está borracho! ¡Está borracho!”.
 
Tal gritiza sin duda alertó a toda la raza, medios de comunicación incluidos, de que estaba pasando algo fuera de lo común. Eso, inhibió al oficial que ya estaba listo para decirle que con unas cinco sorjuanas se arreglaba el asunto. Así, en menos de lo que canta un gallo, o grita un perico para efectos de la historia, había ya demasiada gente como para hacerle al loco.
 
Siendo entonces forzoso que le hicieran la prueba, Guillermo, o Yamil, o Guillermo Yamil, como usted prefiera, sopló al aparato para que se revelara que por más que se comió dos bolsas grandes de Cheetos, los nueve Kosakos que se quebró al visitar a su compadre tenían un contenido alcohólico superior al permitido. Lo curioso fue que le hicieron también la prueba al perico quien salió positivo en el doble de lo que había salido su propietario, pero, tras una revisión más minuciosa al ser cateada esta pareja, se descubrió que el ave tenía escondida bajo el ala una grapa de cocaína. Evidentemente luego, luego se quiso hacer menso gritando que se la habían sembrado, y que quería que un visitador de derechos humanos estuviera presente.
 
Ahí comenzó el toma y daca de argumentos legales entre el plumífero y un támaro que apenas sabía escribir su nombre completo. El oriundo de Ayutla empezó a tirar un choro sobre que la Carta Magna esto, y que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano aquello. El poli, entre más se veía exhibido por la retórica del animal, más
 
tentación tenía de descontárselo de un macanzo, sin embargo, por la presencia de la prensa, se mantuvo incólume.
 
Poco a poco, el perico también fue perdiendo argumentos, pues la verdad es que sí iba muy pero muy tomado, y antes de emprender el vuelo, se puso prepotente y comenzó a insultar a los pobre policías, tachándolos de asalariados, patas rajadas y aficionados al Cruz Azul.
 
Abandonado por su compañero, el propietario del perico, solo tuvo que aceptar que la mayoría de las bestias, desde que comenzó el movimiento a favor de los derechos animales, se han vuelto súper déspotas y no tardará en llegar el día en que la humanidad, por derecho universal, termine subordinada a los deseos de alces y tapires.

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