Jueves, 30 de Mayo 2024

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¡Ah, qué los tiempos…!

Por: Francisco Baruqui

Es de lógica común que al transcurrir el tiempo, cuando los años se acumulan en lustros y los lustros se amontonan en décadas, la vida va registrando etapas que, quiérase o no, marcan el vivir fijando recuerdos de lo vivido y, aceptándolo o no también, señalan referencias que hacen trabajar la memoria para recordar. Así…

Así, remembranzas de valores, de costumbres, de respetos idos, hacen que la mente vuele a tiempos pasados que son punto de comparación a los que en la actualidad se viven.

Leyendo y leyendo, me llegué a encontrar que hasta hace cosa de un siglo, cuando imperaban normas estrictas de educación, acataban los hijos el cuarto mandamiento de la ley divina como un auténtico dictamen de Dios.

Sí, tiempo hubo en que nadie se sentaba a la mesa antes que el padre, ni se levantaban de ella si el padre no se había levantado, ya que… Que por eso era el padre…

Era tiempo en el que, efectivamente, era la madre el eje sentimental de la casa, y el padre la suprema autoridad, empero...

Empero, de ocho décadas atrás la situación cambió cuando el padre dejó de ser el padre convirtiéndose en papá, significando el mero sustantivo una derrota virtual.

¿Por qué...?

Porque la palabra padre es imponente, firme, sólida frente a la de papá, que en esencia y fondo daba demasiada confianza, propiciando que, llamándole papá, el hijo se sintiera autorizado para protestar, lo que nunca había ocurrido cuando el papá era el padre.

A diferencia del padre, llamándosele papá, la tolerancia llevaba a que el hijo se permitiera fumar en su presencia… Cuestión de respeto.

Llegaría el tiempo en el que los hijos organizaban pachangas con bebidas en casa mientras papá y mamá, desvelándose, en baja voz musitaban: “Bueno, por lo menos tranquiliza saber que los tragos los toman aquí y no ve tú a saber dónde y con quién…”. Era pues el acercamiento generacional permitido por el papá, algo radicalmente desaconsejable por el padre.

Se pasó a comer en la sala mirando el televisor, mientras papá y mamá lo hacían solos en la mesa aunque, claro, mamá lavaba, planchaba, cocinaba, mientras, sí, papá continuaba siendo la autoridad de la casa al que se le podía pedir un consejo y hasta dinero prestado, y fue entonces…

Entonces fue que tres décadas después llegaría el papi, que no era otro que el descendiente directo, raquítico y menguado de padre y de papá, al que se le evita consultar o preguntar y a quien sólo se le notifica ya: “Papi, me llevo el coche, dame para la gasolina…”; llega el tuteo indicándole hasta la forma de dirigirse a ellos: “¡Papi, no me vuelvas a llamar “chiquita” delante de Filemón..!”.

Y… PENSÁNDOLO BIEN.

Y… PENSANDOLO BIEN, todo, creo yo, son los cambios de los tiempos… Y con ellos, de la educación y el respeto, en abuso fehaciente y por demás manifiesto de la modalidad de intentar ser padre y amigo, toda vez que quedan las tribulaciones de un desolado progenitor que le lleva a cuestionarse: “Creo que después de todo esto seguirá la esclavitud o el definitivo destierro, pues me aterra que, después de haber sido nieto de padre, hijo de papá y papi de mis hijos, mis nietos han empezado a llamarme ¡¡¡‘Pá…’”!!!

Intuyo que quieren decirme: ¡¡¡¿Pa’ qué sirves ya?!!!
 

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