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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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A sesenta años de los Tratados de Roma

A sesenta años de los Tratados de Roma

A sesenta años de los Tratados de Roma

 Ceterum censeo Europam esse ædificandam

En la Europa exangüe de la segunda mitad del siglo XX, una modesta iniciativa que en 1951 se concreta en el tratado que funda la Comunidad Europea del Carbón y del Acero evolucionará hasta convertirse, en virtud de los Tratados de Roma firmados el 25 de marzo de 1957, en la Comunidad Económica Europea (también llamada Mercado Común: unión aduanera, política agrícola común). La Comunidad creó instituciones como la Comisión, el Consejo y la Asamblea europeas, el Tribunal de Justicia y el Comité Económico Social. Las partes firmantes fueron originalmente Francia, Alemania Federal, Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos. La Unión Europea tal como existe hoy en día es una evolución posterior que arranca con el Tratado de Maastricht de 1992 y se va configurando en instrumentos sucesivos.

    Distintos países fueron adhiriéndose a la Comunidad y luego a la Unión a lo largo del tiempo: el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca en 1973, Grecia en 1981, España y Portugal en 1986, Austria, Finlandia y Suecia en 1995...

    Es quizá difícil para quienes no conocieron la deprimida Europa de posguerra imaginar siquiera lo que significó la construcción de esta entidad supranacional con la que esas naciones recobraron el optimismo y la seguridad en sí mismas, se empeñaron en olvidar sus viejas enemistades y emprendieron un camino de paz y de prosperidad visibles y muy reales.

    Por supuesto que a lo largo del camino se cometieron errores, lo cual resulta natural en cualquier institución humana. Entre ellos está, por ejemplo, la apresurada ampliación por razones geopolíticas y descuidando los efectos colaterales: en 2004 ingresaron en tropel Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, la República Checa, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia, Malta y Chipre, y en 2007 Rumanía y Bulgaria. La premura por acoger bajo el ala europea a países antes bajo influencia soviética, sin reparar en su muy disparejo nivel de desarrollo económico y social, ha acarreado severas y onerosas consecuencias para la colectividad. Como es normal, esto ha dado pie a resentimientos contra los organismos  de Bruselas, percibida como un aparato costoso y burocrático.

    Otros traspiés se han dado en el funcionamiento de la moneda única, sobre todo el de haber admitido a Grecia en la zona del euro cuando era perfectamente sabido que sus cuentas no cuadraban y que su desempeño fiscal ha sido siempre tercermundista. Y ahora tal parecería que Charles de Gaulle fue bastante inteligente en su permanente oposición al ingreso de la Gran Bretaña...

    Pero de cualquier forma, los 27 jefes de Estado y de gobierno reunidos en Roma para conmemorar los tratados de 1957 confirman que siguen decididos a mantenerse juntos y en la misma dirección. Por más que la vieja Europa parezca a veces haber perdido el rumbo y zozobrar en las crisis actuales, la Declaración de Roma de este 25 de marzo reafirma que “permanecer unidos es nuestra mejor posibilidad de influir en el mundo y de defender nuestros intereses y valores comunes”.

    Larga y próspera vida a la Unión Europea, por el bien del mundo entero.

 

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