Lejos de ser sólo el título de una canción de las que bien interpreta y ha puesto de moda Marco Antonio Solís—–ignoro si él la compuso—, la verdad es que la pregunta ¿A dónde vamos a parar? Tiene una serie de implicaciones que nos deberían de llevar a reflexionar acerca de lo que nos depara el destino, o mejor aún, a tratar de entender el mundo en que vivimos y el tipo de sociedad al que podemos aspirar de seguir actuando como lo hacemos en la actualidad (digamos que todos). Si empezamos a analizar el comportamiento de la juventud, por la que todos apostamos —nos guste o no—, seguramente que habrá muchas razones por las cuales debiéramos de preocuparnos, pues las nuevas generaciones parecen ser más individualistas que las que nosotros vivimos hace unas tantas décadas; desinformadas y poco sociales, o lo que es lo mismo: desarrollan más el egoísmo y desechan los intereses comunitarios, siempre y cuando cada uno se sienta bien o por lo menos ajeno a los intereses de los demás, ah! pero eso sí, muy tecnológicos. En materia política, parece prevalecer el dicho de que: “El que no tranza, no avanza”; el interés de una buena parte de quienes se involucran en este tema, lo hacen de manera aspiracional, esto es, porque aspiran a un cargo o “hueso” como suelen decir en el argot de los “grillos”, con poca o nula ideología y menos compromiso social (afortunadamente no son todos). Buscan alcanzar sueldos millonarios antes de cumplir los 30 años de edad, aún cuando no cuentan con la menor experiencia y/o preparación en algún tema, y lo peor es que lo están logrando. Y digo que lo peor, simple y sencillamente porque aunque ahora están ganando más de 100 mil pesos mensuales por mal representar los intereses de la ciudadanía, luego de su trienio de regalo, seguramente buscarán continuar por el mismo camino, pero con mayores ingresos, y así seguirán en un cuento de nunca acabar, salvo que ahora sí metan a la cárcel a quienes abusan del poder temporal al que tienen acceso. En los aspectos comercial, empresarial y financiero, tampoco se “cantan mal las rancheras”, los llamados junior, a quienes no les ha costado nada adquirir lo que heredaron —aceptando sin conceder que procede del fruto del trabajo de alguien—, el único interés que demuestran es por seguir acrecentando sus fortunas, sin importarles la sobre explotación a la que someten a sus trabajadores. Y por lo que hace a los planos familiar y espiritual, la verdad es que la situación tampoco es nada halagüeña —cada cual deberá hacer su propia reflexión al respecto—, seguramente que la pregunta inicial prevalecerá: ¿A dónde vamos a parar? Usted tiene la palabra.