Martes, 21 de Mayo 2024

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* “¡Un hombre...!”

Por: Jaime García Elías

* “¡Un hombre...!”

* “¡Un hombre...!”

La diferencia esencial entre el Atlas actual y el de hace tres meses, tiene dos aspectos: uno bueno y uno malo...

El malo: que la ventaja de los rojinegros sobre el Atlante, en el tema del descenso, hasta antes de que finalizara el Torneo de Apertura y se consumara la venta del equipo a sus nuevos propietarios, era de ocho puntos; ahora es de cinco solamente.

El bueno: que el Atlas de entonces estaba, literalmente, “a la buena de Dios”; ahora, en cambio, hay recursos económicos para ponerle al plantel, por la consabida vía de la contratación de algún refuerzo procedente del extranjero, la inyección de calidad que necesita, imperativamente, para salir del hoyo.

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El sábado, cuando era obvio que a los rojinegros les faltaba “lo que al carrizo” —o, si se prefiere, “lo que se le pone al rompope”— para aprovechar un partido en que las circunstancias parecían propicias para liquidar ese penoso asunto, ponerse a salvo de las llamas del infierno y prácticamente decidir el descenso del Atlante, alguien apuntaba que daba la sensación de que “el Atlas juega con dos hombres menos”...

Independientemente de las flaquezas futbolísticas de varios jugadores que aparecieron como inicialistas contra los azulgrana, y de que los que estaban en la banca y fueron llamados por Tomás Boy a tratar de sacar las castañas del fuego después del gol de Mina con que se escribió la historia a favor de los ex “Potros de Hierro”, quedó claro que éstos estaban mejor aleccionados anímica y tácticamente con respecto a la importancia de la batalla: una batalla —se impone reiterarlo— que se antojaba decisiva (o casi) en el desenlace que pueda tener la guerra.

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Porque el plantel rojinegro es básicamente el mismo del anterior Torneo de Apertura —en la hipótesis de que Maikon Leite demuestre tener en las piernas y en el corazón lo necesario para subsanar la salida de Omar Bravo--, cabe el temor de que su funcionamiento sea tan pobre y su cosecha de puntos tan miserable como en el certamen precedente.

Se explica, por tanto, que se actúe, en forma apremiante, a la manera de Diógenes el Cínico, que en la antigua Grecia caminaba por las calles de Atenas con una linterna encendida a plena luz del día, y escuetamente respondía a quienes le preguntaban qué buscaba:

—¡Un hombre...!

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