¿Por qué anuló Fernando Guerrero, ya en los últimos estertores del partido del viernes en el Estadio Corona, el gol que, de haberse convalidado, habría significado el empate (2-2) de Pachuca ante Santos Laguna...? —¡Por “amontonamiento”!— habría dicho, rotundo y categórico, el legendario “Valijas”, árbitro llanero cuyas anécdotas compiten ventajosamente con las de El Ánima de Sayula. —¿Por qué dio por bueno Ricardo Arellano el primer gol de los “Pumas” ante el Cruz Azul, unas horas después, no obstante que el balón había rebasado ostensiblemente la línea de meta antes de que Ismael Sosa se lo cediera a Javier Cortés, quien la mandó a la jaula mientras los “Cementeros”, con justificada razón, externaban en vano sus protestas...? Porque tanto él como su auxiliar, que en condiciones normales debió haberse percatado del hecho e ilustrado al respecto al silbante, estaban —para decirlo con la mayor elegancia posible— “papando moscas”. * La semana pasada se habló de las demandas de los árbitros para corregir algunos vicios institucionalizados en la Liga MX y que atentan contra la autoridad que las Reglas del Juego les confieren. El fin de semana tuvo que hablarse de esos groseros desaciertos que demuestran, por una parte, que el error arbitral siempre está latente en un partido de futbol —con el agravante de que la tecnología de que se dispone actualmente los desnuda en un santiamén—, y, por la otra, que hay desatenciones, imperfecciones técnicas de los silbantes, del género de las escandalosas y de la especie de las imperdonables. * Es de suponerse —será de elemental justicia, además— que haya sanciones para los silbantes que, en los lances referidos, metieron el choclo hasta la ingle... Y habrá sanciones, al cabo de la investigación que supuestamente se abrió a raíz del tormentoso epílogo que tuvo el Santos Laguna-Pachuca en los vestidores del estadio de Torreón, contra Andrés Fassi, vicepresidente deportivo de los “Tuzos”. Es cierto que la aseveración de que amenazó de muerte al silbante es insostenible, pero la reclamación de un dirigente al árbitro, especialmente si se da en ese tono tan airado, es, por donde quiera mirarse, inadmisible. Los dirigentes son tan humanos —y, por ende, tan proclives al error— como los árbitros, por lo que se impone sentar el precedente de que a una conducta a todas luces reprobable, debe corresponder un castigo ejemplar.