Viernes, 31 de Octubre 2025

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— Récord

Por: Jaime García Elías

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Se dirá que, después de todo, cada quién es muy libre de escoger sus prioridades, y que está en todo su derecho de buscar la ruta que estime más adecuada hacia la inmortalidad... o, cuando menos, hacia la fama. —II— En Jalisco, por ejemplo, en los últimos años ha surgido la ventolera por establecer records Guinness. Para efectos del primero, se reunió a miles de personas en el Parque Metropolitano; se pretendía —y, al parecer, se logró— implantar la marca mundial de participación en una clase de aerobics. (En premio al esfuerzo, los jueces tuvieron a bien reconocerles una plusmarca adicional, no por involuntaria menos meritoria: haber levantado la mayor tolvanera de la historia por causas ajenas a la Naturaleza). También se consiguió incluir en los registros de Guinness “la mayor torta ahogada del mundo”; legítimo timbre de orgullo, obviamente, porque ni superpotencias económicas como Estados Unidos, Alemania o Japón, o gastronómicas como Francia, España o Italia, le han hecho sombra. Otra vez, en ocasión del Festival Internacional del Mariachi, se logró la plusmarca mundial de mariachis ejecutando, al unísono, las vibrantes notas de la “Guadalajara” de Pepe Guízar. Después se impuso récord de floreadores de soga... Y ahora, para envidia de países como Finlandia, Dinamarca y Canadá, 228 parejas, integradas por 456 bailarines folklóricos, tallaron cemento de lo lindo en la Plaza de la Liberación, al son de “La Negra”, “Las Alazanas”, “El Jarabe Tapatío” y —of course— “Guadalajara”, para asombrar a la Humanidad con otro récord mundial. —III— Por supuesto, de la misma manera como no faltará quien proponga que la ciudad sea sometida a una meticulosa inspección ocular objetiva por parte de observadores internacionales, insospechables de parcialidad, al efecto de competir por el honroso título de “La Ciudad Mural” o “La Capital Mundial del Grafitti” —como se prefiera—, tampoco faltará quien opine que sería deseable que Guadalajara intentara reconquistar el prestigio que alguna vez tuvo, merced al cariño que sus hijos le prodigaban, como “ciudad limpia” o como “la ciudad de las rosas”. O que, sin detrimento de banalidades —para decirlo amablemente— como las ya consignadas, y que supuestamente le reditúan prestigio internacional, recuperara el reconocimiento que alguna vez tuvo, si no por su propensión a la cultura —como cuando algún humorista involuntario pretendió rebautizarla como “La Florencia de América”—, sí, al menos, por el talante civilizado, cordial, amistoso y afable de sus habitantes.

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