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Jueves, 19 de Septiembre 2019
Ideas |

- Penurias

Por: Jaime García Elías

- Penurias

- Penurias

Valga como preámbulo la ya clásica frase de Manuel José Quintana: “Crímenes son del tiempo y no de España”.

-II-

Entrando en materia —con la venia del lector amable—, ¿qué medidas se supone que debieron haberse tomado una vez que se llegó, técnicamente, a la conclusión de que las inundaciones que se registraron la madrugada del martes pasado en las colonias del Oriente de la mancha urbana en que convergen los municipios de Guadalajara, Tlaquepaque y El Salto, fueron ocasionadas en buena medida, sí, por la ingobernable acción de la naturaleza, pero también por “la mano del hombre” que mete el pie hasta la ingle en cuanto lo descuidan...? ¿Sancionar —“con todo el peso de la ley”, como es usual que se declare en situaciones similares— a las treinta personas que invadieron el canal a cielo abierto de las calles José María Iglesias y Plutarco Elías Calles, y rellenaron el suelo con cascajo para construir encima, como Dios les dio a entender, sus precarias viviendas...? ¿No fue suficiente castigo con que hayan perdido sus escasas pertenencias, arrastradas o dañadas de manera irremisible por las aguas...? ¿Hay que endosarles, adicionalmente, las penalidades que la ley establece para quienes por ignorancia, por necesidad o por torpeza invencibles alteran el curso de ríos, arroyos y canales, aun bajo la advertencia de que “el agua busca sus caminos”...? ¿Qué capacidad tendrían esas personas —si no necesariamente indigentes, sí, ciertamente, pobres de solemnidad— para hacerse cargo de la reparación de los daños ocasionados a terceros que prevé la norma jurídica...?

Después de todo, el principio general de derecho (y de sentido común) establece que “nadie está obligado a lo imposible”.

-III-

De hecho, más que del tiempo, los crímenes que se han cometido sistemáticamente en Guadalajara y sus cada vez más alejados y desgobernados arrabales (“por los que Dios no pasó”, dirían las Coplas del Payador Perseguido), han sido la consecuencia del inevitable —hasta cierto punto... — crecimiento demográfico, ciertamente, pero también, en buena medida, de la incapacidad de las autoridades civiles para propiciar el crecimiento ordenado de la mancha urbana.

Hace un largo rato que un monstruo de tantos millones de cabezas y de las dimensiones de la Guadalajara actual —entendida como la otrora “Perla de Occidente” y los seis o siete municipios conurbados—, ya debería ser gobernada por estadistas, y no, como desgraciadamente le ha sucedido, por burócratas y arribistas de la política.

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