Sábado, 18 de Mayo 2024

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- Miopía

Por: Jaime García Elías

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Como de costumbre, la incorporación de un nuevo “hijo esclarecido” de Jalisco en la célebre Rotonda —el ingeniero Jorge Matute Remus, esta vez—, da pie a reciclar la consabida reflexión: que, como reza el adagio, “ni son todos los que están, ni están todos los que son”; que, a cambio de algunas presencias bastante discutibles —personajes instalados por la opinión pública, con todos los honores, en el basurero de la historia... aunque los tiralevitas (lambiscones, para decirlo en mexicano) profesionales les sigan quemando incienso periódicamente—, hay ausencias indiscutibles. Las más notorias, las de Juan Rulfo y Pepe Guízar.

-II-

La celebridad de Matute Remus —independientemente de sus méritos como académico y político, amén de “Ingeniero”, como reza, escuetamente, el pedestal de la estatua que desde ayer observa a las “calandrias” estacionadas a las puertas del Museo Regional— obedece, como es público y notorio, a haber desplazado el edificio de La Central Telefónica, aún en la esquina noroeste de Juárez y Ocampo, para permitir la ampliación, hace seis décadas, de la Avenida Juárez.

Puesto que ese alarde contribuyó notablemente a la modernización de la ciudad, vendría al caso reparar en las correspondientes ausencias, en la dichosa Rotonda, del arquitecto Ignacio Díaz Morales y del entonces gobernador Jesús González Gallo, autores intelectuales de dicha transformación.

-III-

El estribillo de los retrógradas, en el sentido de que Guadalajara perdió más de lo que ganó con esa metamorfosis, demuestra, por sobre todas las cosas, que Jalisco no ha vuelto a tener —o a colocar en los puestos en que se toman las decisiones de trascendencia social— ni urbanistas ni estadistas de ese fuste.

Ellos fueron capaces de concebir (Díaz Morales) y de hacer realidad (González Gallo) la estupenda ciudad —pujante y habitable a la par— que fue Guadalajara durante los 30 años que siguieron a los cambios. Si, más tarde, el crecimiento urbano se tornó caótico y la calidad de vida de sus habitantes se degradó sensiblemente, habrá que atribuir el fenómeno, a todas luces lamentable, no a quienes transformaron, mejorándolo, al “pueblote” que fue hasta mediados del siglo pasado, sino a la miopía y la ineptitud de quienes pasaron por los cargos públicos, a todas luces más atentos a su beneficio que al de la ciudad y sus pobladores.

De los mediocres, en suma, que no estuvieron, ni en lo intelectual ni en liderazgo político, a la altura de aquellos personajes.
 

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