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- Mercado Libertad: ayer y hoy

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- Mercado Libertad: ayer y hoy

Aunque ni Ripley lo crea, cuando el Mercado Libertad comenzó a funcionar, hace poco más de medio siglo, era –casi como la Catedral; casi como los rosales, rebosantes de flores, de la Avenida de las Américas; tanto o más que Los Arcos de la Avenida Vallarta— timbre de orgullo de Guadalajara. Era –como los de Oaxaca o Guanajuato— tarjeta postal obligada para los turistas: la variedad de las artesanías y la abundancia y el colorido de las frutas quedaron registrados en miles de fotografías captadas por los visitantes. El olor de los alimentos en proceso de preparación –los chiles rellenos, muy particularmente— y la limpieza resplandeciente en la zona de restaurantes, eran irresistibles…

-II-

La noticia de que la autoridad municipal “inauguró” –en la acepción de “abrir solemnemente un establecimiento público”— la primera etapa de la enésima “renovación” a la que el inmueble se ha sometido, invita a soñar, en alas de la nostalgia, en que el mercado recupere la dignidad que tuvo y vuelva a ser el lugar de visita obligada para los forasteros que alguna vez fue, y motivo para que los lugareños, parafraseando la frase que el viejo Catecismo de Ripalda dedicaba al sacramento de la penitencia (hoy “reconciliación”), sostuvieran que “comer en el Mercado Libertad es obligación de todos los tapatíos, una vez al año… o antes si se está en peligro de muerte”.

La historia de cómo el Mercado Libertad se degradó paulatinamente, es del dominio público. A la avaricia de los potenciales locatarios que surgieron cuando constataron las bondades de la obra y pensaron –es un decir— que “todo cabe en un jarrito, sabiéndolo acomodar” (o, en el caso, “desacomodar”) se sumó la falta de visión y eventualmente la corrupción de los gobernantes. La suma de esos factores derivó en la invasión irracional y la consiguiente saturación de los espacios, en detrimento, primero, de la estética del local; y segundo, de la comodidad e incluso la seguridad de los visitantes.

-III-

Revertir esos vicios acumulados y consolidados se antoja imposible: por una parte, se aducen “derechos adquiridos” de los comerciantes que han atestado el inmueble; por la otra, la ambición de quienes atiborraron de vendedores el mercado, o permitieron que se atiborrara, en detrimento del confort y la seguridad –reiterémoslo— de los potenciales compradores, va de la mano con la temeridad.

Moraleja de la historia (con música de mariachi): “Ayer maravilla fui, Llorona…, y ahora ni sombra soy”.

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