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- La Minerva

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La historia de “La Minerva” como monumento simbólico de Guadalajara, en competencia con las peculiares torres de su Catedral, es relativamente reciente. Data, para ser exactos, de hace 30 años: del segundo campeonato Mundial de Futbol (el de 1986) celebrado en canchas mexicanas.

Su súbita celebridad fue una especie de réplica a las manifestaciones multitudinarias que de manera espontánea se realizaron en la Ciudad de México a raíz de las victorias de la Selección Nacional en la primera ronda de ese certamen. En breve, como es del dominio público, será retirada para someterla a un proceso de restauración de la estructura de acero que sostiene la coraza de bronce que la recubre.

-II-

Antes de adquirir, por aclamación, carta de ciudadanía como ícono de la ciudad, la escultura de ocho metros de altura y 18 toneladas de peso, colocada en el centro de la glorieta en que es un punto de referencia en la zona poniente de la ciudad, se había limitado a ser, según la “Vox Pópuli”, una estramancia (sic) tan irrelevante y anodina como “Los Arcos del Milenio” en la actualidad. Fue, originalmente, una ocurrencia de Agustín Yáñez —un hombre culto: acaso el único escritor jalisciense que, como tal, compite con Juan Rulfo— en sus tiempos de Gobernador de Jalisco, convertida en proyecto por el arquitecto Julio de la Peña, y plasmada en bronce por el escultor hidrocálido Pedro Medina Guzmán, quien la fundió en su ciudad natal y la trasladó a Guadalajara, en tres partes, a inicios de la década de los cincuenta del siglo pasado.

-III-

Aunque la modelo en cuyas facciones se basó Medina Guzmán para el rostro de la diosa romana de la sabiduría era una guapa y respetable dama de la alta sociedad tapatía de su tiempo, la escultura mereció más críticas que elogios. Eran los tiempos en que al águila del Monumento a la Bandera, en la Plaza del mismo nombre, el vulgo irreverente llamaba “El Zopilote Mojado”, y del Monumento a la Madre, originalmente colocado donde luego se instalaría la Fuente Olímpica, en la Calzada Independencia, alguien dijo (y muchos repitieron) que era “mucha piedra y poca madre”. No fue de extrañar, en ese tenor, que de la Minerva se dijera que la colocaron de espaldas a la ciudad,  condenada a ver pastar a las vacas que “in illo témpore” deambulaban por aquellas lejanías, a las afueras de la ciudad, “en castigo, por fea”.

Y, venido a ver…

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