Jueves, 09 de Octubre 2025

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- Fetiche

Por: Jaime García Elías

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Hay quien sostiene la hipótesis de que el afán de remover, mantener bajo resguardo y en un momento dado reubicar el puente peatonal de Plaza Patria, obedece exclusivamente al afán de no desatar la ira de su autor, quien se apresuró a calificarlo —modestia aparte, claro— como “relevante” en cuanto se resolvió que necesariamente había que retirarlo, por dos razones: una, que estorbaría en uno de los tramos elevados de la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano que comenzó a construirse hace unos meses; y dos, que como lo que quiso ser cuando se proyectó y construyó —un puente, reiterémoslo—, hace mucho tiempo que estaba subutilizado.

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-II-

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Otra teoría sostiene que la decisión de desmontar el puente, trasladar sus piezas a un almacén y mantenerlo “bajo vigilancia las 24 horas del día”, según las notas periodísticas, corresponde, en realidad, a una especie de fetichismo que sería una más de las peculiaridades de los tapatíos.

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Fetiche, por definición, es un objeto de culto. Las tribus antiguas les atribuían poderes sobrenaturales. La idolatría es una de las expresiones más acabadas de esa mentalidad. El fetichismo, por tanto, es la tendencia a venerar objetos. Una tendencia que en Guadalajara, de un tiempo a esta parte, parece haberse agudizado.

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Manifestaciones grotescas —valga el pleonasmo— de ese fetichismo tapatío serían, por poner unos cuantos botones de muestra, el afán de transplantar (a un costo altísimo y con nulos resultados, por lo demás), a inmediaciones del Parque Metropolitano, el gigantesco y centenario árbol al que se le ocurrió nacer y crecer a lo tarugo... precisamente en el lugar en que a los urbanistas se les ocurriría, más de un siglo después, construir el túnel vehicular de López Mateos y Las Rosas; la decisión de convertir en exitoso criadero de lombrices, en el Parque de la Solidaridad, el “techomóvil” que algún gobernador (“de cuyo nombre...”, etcétera.) mandó instalar para cubrir, por un rato y con un pretexto por demás fútil, el patio principal del Palacio de Gobierno; la millonaria inversión que se hizo para reubicar el “histórico” Puente de Arcediano, al efecto de que no estorbara para la construcción de una presa que, al final del cuento, no se hizo.

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-III-

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O sea, según esta última teoría, que no es que se trate de conjurar la ira de ninguna “vaca sagrada” de la intelectualidad aldeana, sino, sin más, de que “pos así semos los de aquí, siñor...”.

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