Martes, 23 de Julio 2024
La historia de la ciudad de Guadalajara cambió el 22 de abril de 1992. EL INFORMADOR/ARCHIVO
Jalisco

Explosiones Guadalajara 1992: Memorias de un sobreviviente

A 30 años de las explosiones que destrozaron el Sector Reforma el 22 de abril de 1992, siguen abiertas las cicatrices en las calles de Guadalajara, pero sobre todo en la memoria de aquellos que vivieron la tragedia en carne propia 

FaustoSalcedo

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Fausto Gutiérrez González tenía 42 años aquella mañana lejana del 22 de abril de 1992. Vivía en J. Luis Verdía, a media cuadra de Gante, en las inmediaciones del barrio de Analco. Entonces se dedicaba, según la tradición familiar, al oficio de zapatero, en una casona típica de Guadalajara, con sus pasillos largos y floreados, un patio grande con su guayabo repleto de jaulas de canarios cautivos, y una arquitectura de vecindad que permitía la convivencia de decenas de familiares distintos.

Fausto vivía con sus hermanos, sus padres, sobrinos, cuñadas y primos, además de la presencia de los vecinos ocasionales, los amigos, y las visitas interminables. Era una casa que nunca se quedaba sola, y que siempre tenía sus puertas abiertas para todo el mundo. 

 

"Lo primero que hicimos fue preguntar quién faltaba. Que mi mamá, que la niña… Nos volvimos a asomar a la calle, y ándale que ya no había. Desapareció."

Era una mañana cualquiera, un día común de primavera, un miércoles más de Semana Santa, pero Fausto no sospechaba que aquella cotidianidad enrarecida era en realidad el conteo en retroceso de una bomba de tiempo. Un vapor fétido emanaba de los drenajes de las calles, y las tapas de las alcantarillas botaron como corchos. El pavimento hervía.

A las 10:06, 10:09 de la mañana, en la esquina de la Calzada Independencia y Aldama, a dos kilómetros de distancia de su casa, ocurrió el primer estallido. El suelo se sacudió desde adentro movido por una fuerza telúrica e irreversible, y la calle por donde la gente caminaba, se saludaba, sonreía, amaba y vivía, estalló en mil pedazos de concreto y banqueta despedazada en un eructo de devastación. Fue inmediato.  

 
Doce kilómetros de calles del sector Reforma quedaron devastados tras los estallidos. EL INFORMADOR/ARCHIVO

Menos de un minuto después, las explosiones destrozaron las calles de Gante y 20 de noviembre, una zona familiar, habitacional. Y, en cuestión de una hora, cerca de 12 kilómetros de calles del Sector Reforma habían estallado ya de modo sucesivo, devorando todo a su paso. 30 años después de la pesadilla de las explosiones de Guadalajara en 1992, Fausto sigue teniendo vívidos todos los recuerdos de aquel amanecer indigno en el que no sólo se modificó sin remedio el rumbo de su vida y la de miles de personas, sino el de toda una ciudad, una época, un modo de vivir.    

Explosiones Guadalajara 1992: Preámbulos de la tragedia 

Fueron épocas de acontecimientos extraños. Meses antes de las explosiones, Guadalajara vivió una noche repentina que trastocó el mediodía: el eclipse solar de 1991. Los tapatíos observaron maravillados cómo las aves desorientadas regresaban a sus nidos en las jacarandas, y cómo poco a poco las estrellas se apoderaban del firmamento donde hacía unos instantes resplandeció el cielo azul. Entonces, más allá del horizonte de las catedrales, apareció el astro oscurecido, y por una fracción de arrobamiento la eternidad se detuvo.  

 
El eclipse solar de 1991 fue todo un fenómeno en su época. EL INFORMADOR/ARCHIVO

“Muchas personas se asustaron”, recuerda Fausto con una sonrisa. La gente miró en confusión desde las calles, y las campanadas de las iglesias redoblaron al unísono. Corría el verano de 1991, cuando los tapatíos eran susceptibles a los sucesos inexplicables, y cuando en el mundo todavía era posible que algo semejante pudiese sorprender.  

 
Los tapatíos, maravillados, vieron cómo volvía a oscurecer a las doce del día. EL INFORMADOR/ARCHIVO

 

Explosiones Guadalajara 1992: "Era un olor insoportable"

La noche abrupta del eclipse también sacudió el ánimo de los supersticiosos, y pareció un preámbulo del infortunio que acontecería en Guadalajara apenas ocho meses después. Ya estaban las pistas en el ambiente, las sospechas en el aire mismo: la muerte esperando paciente bajo las calles del sector Reforma.

Fausto no recuerda en qué momento se volvió cotidiano en el barrio el olor a gasolina. “Duramos como cuatro, cinco meses que era un olor insoportable”, menciona. “Salía de las alcantarillas, de los caños. Te estabas bañando y se sentía. El olor llegaba a las casas. Ese hidrocarburo, gasolina, lo que sea”.  

Si bien los reportes de los civiles fueron abundantes, no se hizo mucho. “En primer lugar, ¿qué reportabas y a quién reportabas?”, expresa Fausto. “En ese entonces no había Protección Civil. Se creó en 1986 en México, después del temblor, pero aquí no había. Venían bomberos, tránsitos y se paraban, pero no hacían nada”. No obstante, la tarde decisiva del 21 de abril, sobre la calle de Gante, Jazmín y J. Luis Verdía, y ante la insistencia de los vecinos, el Ayuntamiento aplicó una medida tardía.

 
El hecho de que hubiera gasolina pura corriendo bajo las calles del sector Reforma no fue suficiente para que las autoridades consideraran desalojar a los habitantes. EL INFORMADOR/ARCHIVO

Un equipo de bomberos se internó en las alcantarillas del barrio para vaciar pipas de agua, y despejar los hidrocarburos acumulados en el drenaje. Su veredicto no sorprendió a nadie: bajo las calles de Gante corría gasolina pura. No obstante, el presidente municipal de Guadalajara, Enrique Dau Flores, dispuso que no era necesaria la evacuación. 

¿Había habido ya explosiones antes del 22 de abril? 

Fausto recuerda aquella noche previa del 21 de abril con la melancolía de lo irremediable: la última madrugada antes de que le cambiara la vida. Era un martes de Pascua, en plena primavera, y en el ambiente se vivía el sopor plácido que envuelve a Guadalajara en la semana santa. Se quedó platicando hasta muy tarde con Jorge, su hermano, sin preocupaciones verdaderas en cuanto a la situación en la calle. Ya para entonces se hablaba del riesgo de las explosiones, y existía un antecedente.

“Dos, tres años antes, había tronado una calle a espaldas del Seguro Social, en el Centro Médico” recuerda. “Se abrió igual. Pero no pasó nada, se volteó la calle, se cuartearon dos tres casas, cuatro o cinco carros se voltearon, pero nada que ver. Ni una persona se murió, ni nada”. Incluso en el fondo deseó que explotara, para no tener que trabajar en la zapatería. Con esa despreocupación, se marchó a dormir. Era una noche cualquiera de primavera. No había nada que temer. 

 
Incluso los camiones que iban transitando a plena calle fueron tragados por los estallidos. EL INORMADOR/ARCHIVO

 

22 de Abril de 1992: La mañana trágica 

A pesar de todas las señales, nunca esperó aquel amanecer fatídico del 22 de abril. Fue el desenlace más cruel. “Como a eso de las diez, mendigo tronido” expresa, imprimiendo en su voz una desolación que no puede ser plasmada en letra. “Pero tronido, y sobre ése, otro. Estaba dormido. Se empezaron a caer los trastes. Tembló. Literalmente tembló. Y después del segundo madrazo ya salimos, y me asomé… lo primero que hicimos fue preguntar quién faltaba. Que mi mamá, que la niña… Nos volvimos a asomar a la calle, y ándale que ya no había. Desapareció. Una nube de polvo, de tierra… que sería, dos veces arriba de la azotea, y cuando vimos que ya no había calle, dije, ya valió madre”.  

 
Las calles de Gante quedaron abiertas a canal. EL INFORMADOR/ARCHIVO

La gente, sin comprender qué pasaba, empezó a correr. Lloraban de terror, gritaban los nombres de sus seres queridos en medio de la marejada de escombros que parecía llegar al cielo. En un instante Gante quedó convertida en zona de guerra. “Salieron las vecinas todas chamuscadas, porque a ellas sí se les alcanzó a caer un pedazo de casa” recuerda Fausto.

Su preocupación se centró en sus familiares, en concreto en su hermana y sus sobrinos, quienes vivían a la vuelta, sobre Gante. Fausto, acompañado de su hermano Jorge, corrieron a buscarlas, pero no pudieron llegar porque antes de siquiera alcanzar la esquina fueron abordados por una joven desesperada quien les pidió que la ayudaran a encontrar a un niño. Un niño que se quedó enterrado cuando la casa se le vino encima.    

El niño perdido 

“La muchacha llore y llore, no sé qué era del niño”, platica Fausto. “Vivían en la mera esquina, donde ahorita es una llantera. Era un departamentito, una casita chiquita, y daba a la mera esquina. La entrada estaba sobre Gante. Y órale, nos metimos a la casa y que ¿dónde está tu niño? No era suyo, pero la habían puesto a cuidarlo. ¿Dónde está tú niño? "No, pues que aquí”.  

La joven los llevó a la habitación, la cual se encontraba destrozada por las explosiones. En el centro del cuarto estaba una cama, la del niño, y a ambos lados de la misma dos montículos de piedras. Fausto, Jorge y un sacristán que se les unió en el camino escarbaron en el sitio en el que les indicó la muchacha, en una de las dos pilas de escombros.

 
La organización improvisada de los vecinos fue fundamental en las labores de rescate. EL INFORMADOR/ARCHIVO

“Llegamos hasta el piso. Estábamos hasta el piso pegado a la cama. No, no está. Y le dijimos, a esta muchacha… estaba en shock. ¿Oyes, y no se lo llevarían al niño, su papá o su mamá?… Y se queda unos segundos… a lo mejor sí. Y arrancó”. La joven los dejó solos. Sin más que hacer, Fausto, Jorge y el sacristán abandonaron el cuarto en ruinas.  

Mil historias de vida en cada casa derruida 

La situación en la calle era crítica. “Toda la gente andaba como loca. Los de allá corriendo para allá, los de allá para acá… era un caos”. Continuaron con las labores de rescate y búsqueda de sobrevivientes entre los escombros. “Sacamos a siete personas vivas, y muertos como cuatro”. En cada metro recorrido sobre las calles siniestradas se veían obligados a mirar de cara a la tragedia. 

"Oían un ruido y se callaban todos, que escárbenle aquí. Era pura gente de aquí, del barrio. Los vecinos organizaron todo”.  

Recuerda aquella familia de Tijuana, a la que una decisión apresurada le trastocó el destino. “Les estaban metiendo una enfadadota los chiquillos. Y que les dicen los papás, órale cabrones, sálganse a jugar afuera”. Minutos después, explotó. “Se murieron esos cuates”, se lamenta Fausto. “Se murieron esos niños”.

Mientras servía como rescatista, encontraron a una joven que murió de pie. “Estaba parada, pero como quebrada”. Recuerda los llantos desesperados de una mujer empolvada, gritando por sus hijas a mitad de la calle. “Mis hijas, vayan por ellas”. No sobrevivió ninguna.  

 
En las avenidas abiertas quedaron desperdigados retratos de bodas, de viajes felices, de estudiantes graduados: los fantasmas de miles de vidas que ya no serían las mismas. EL INFORMADOR/ARCHIVO

También recuerda la valentía, la solidaridad, y destaca la participación decisiva de la juventud en las labores de búsqueda y rescate. “Como quinientos muchachos… no sé de dónde salieron tantos. Ya había policías, reporteros, ya había cierta organización… Vieras qué organización…A los muertos los ponían en fila afuera de la escuela. Oían un ruido y se callaban todos, que escárbenle aquí. Era pura gente de aquí, del barrio. Los vecinos organizaron todo”.  

 
A causa del estallido, los coches incluso aterrizaron an las azoteas de las casas. EL INFORMADOR/ARCHIVO

El destino del niño 

Un recuerdo en específico sigue lastimándolo hasta el día de hoy. Cuando regresaban, una vez había soldados, policías y bomberos por doquier, Fausto y su hermano Jorge pasaron por la casa derrumbada donde apenas media hora antes una muchacha les pidió que la ayudaran a buscar a un niño. Y, para su desgracia, ahí estaba el infante: otras personas lo habían sacado de los escombros.

“Ese sí me lastima mucho, ese niño”, se lamenta Fausto. “Pasó como media hora y el niño ahí estaba. A un lado de la cama. Y nosotros escarbamos donde no era. El niño seguía vivo. Todavía duró como veinte minutos, pero en el camino ya se murió. Estaba chiquito. Chingada madre, lo pudimos haber salvado. No fue culpa de nadie. La muchacha estaba en shock. Es que se iban a trabajar los esposos y dejaban a la muchacha cuidando al niño”.  

 
Era imposible para los vecinos de Gante reconocer las calles donde habían crecido. EL INFORMADOR/ARCHIVO

Respecto a los muertos, Fausto difiere con las cifras oficiales. El Colegio de Jalisco indica que 210 personas fallecieron en las explosiones del Sector Reforma. La páginas del Gobierno de México y la Universidad de Guadalajara exponen la cifra de 212 fallecidos. “No creo”, comenta Fausto. “Aquí de la esquina a la otra esquina fueron cuarenta y tantos muertitos. Fueron doce kilómetros de explosiones, y aquí estamos hablando nomás de cien metros. Imagínate, cuarenta muertos en cien metros”.  

La solidaridad, la política, el gobierno.  

Fausto destaca el corazón y las buenas intenciones de los tapatíos como algo que no puede quedar en el olvido. “La solidaridad de la gente fue diez con excelencia. Aquí nosotros duramos como dos meses que no nos dejaban salir los soldados. Todos hacían cola… hasta dinero nos regalaban. Los restaurantes nos traían comida. Comida sobró. En la noche venían señoras y nos regalaban café, pan… bien solidaria. El gobierno echó a perder todo eso”.  

 
El barrio quedó irreconocible. EL INFORMADOR/ARCHIVO

“Llegó un momento en que el gobierno tuvo miedo", dice."¿Y sabes qué hizo? La gente empezó a meter tanta presión que el gobierno desbarató cualquier movimiento de los vecinos que se quedaron aquí”. 

Gante, Analco, Sector Reforma: Memoria de unos barrios en el olvido 

Al preguntarle si el barrio cambió a partir de las explosiones, Fausto Gutiérrez suspira. “Yo creo que el barrio cambió un cien por ciento”, afirma. “Este barrio era muy populoso. Estoy hablando de toda la línea de Gante, 20 de noviembre, era muy popular. Había muchas vecindades, y donde hay muchas vecindades hay mucha gente, mucho niño, mucha vida. Mucha casa. Ahorita ve toda esa línea de calles y como que quedó maldita, desolada, de día es una y de noche… Esta calle está muerta, a partir de las 7 de la noche”.  

 “Rara gente fincó. Ya no quisieron. La gente se fue”, dice Fausto. “Todas esas casas ahora son negocios. De ahí empezó la delincuencia bien feo. Este barrio se hizo muy delincuente a partir de las explosiones. En las noches todos los niños jugaban, futbol, vóleibol, había puestos de pozole, los novios echaban lío… Era un barrio, un barrio".

 
Son pocos los habitantes originales que quedan de aquellos barrios. Año con año se van, asediados por la injusticia, por los recuerdos. EL INFORMADOR/ARCHIVO

Las calles de Gante, en efecto, se quedan solitarias después del crepúsculo, sin más habitantes que el viento. En la primaria Abel Ayala, sobre Gante y Fco. Silva Romero, hay una frase pintada en uno de sus muros, y que resume el sentimiento de una época perdida: “Yo lo que añoro de mi barrio después del 22 de abril son los ojos que te reconocen, rostros en los que te identificas, sonrisas de saludo y apretones de manos, y los buenos días y las buenas tardes, y que le vaya bien, y todo eso”.   

En la esquina de Gante y Gabino Barreda hay también un muro donde se enlistan algunos de los nombres de los fallecidos, y una pintura de la virgen de Guadalupe: IN MEMORIAM. Pero es una lista incompleta, es una lista que no terminará de llenarse nunca, porque el conteo de los muertos y de los desaparecidos se escapó a la razón. La gente se va. Las raíces más enterradas también se marchitan. Los recuerdos se modifican, se deforman, se tergiversan, pero no mueren. Y la gente de Gante todavía recuerda. 

"La vida se acabó" suspira Fausto. "Platicábamos en las banquetas, llevábamos serenatas, bien chido. Se acabó. Eso se murió. Ya pasaron 30 años y sigo pasando por ahí y me da lástima. Se murió este barrio”.  

FS