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Lunes, 22 de Octubre 2018
Entretenimiento | Duele dejar la niñez. Y ser adulto es más complicado. Pero más terribles aún son aquellos niños con alma de ancianos

TAPATIEZ: ¡Abrazo a los pequeños terribles!

Afortunados aquellos que hacen berrinche cuando la salida vespertina a la calle les es negada;

Por: EL INFORMADOR

Afortunados aquellos que hacen berrinche cuando la salida vespertina a la calle les es negada; los que lloran a mares por un simple raspón; los que sufren cuando llega la hora de bañarse y lo aceptan abiertamente; para los que no hay nada mejor que la Navidad; para los que la única realidad es la que existe en los dibujos animados; aquellos que ignoran lo que es vivir a dieta y jamás se preocupan por la ropa que se pondrán cada día.
Dichosos los que llevan la inocencia a flor de piel pero que, es tal la manera en que la viven, que no tienen la más remota idea de qué es lo que significa hasta que pasan los años.

Quien no tenga por lo menos un grato recuerdo de la infancia es porque muy seguramente pasó esa etapa de su vida en un campo de concentración nazi. Pero todos, muy en el fondo, sabemos qué de grande tiene la niñez ahora que, ya creciditos, la añoramos y envidiamos a todos los menores.

Para los niños, uno o muchos iguales a su misma especie, un peluche, un árbol o un puño de tierra son más que suficientes para pasarlo bien, porque su encanto reside en ignorar todo lo que de malo hay en esta tierra.
Pero ¿cuándo es que ese tesoro llamado inocencia decide abandonarnos? El despojo –porque en ocasiones somos nosotros los que nos negamos a segur siendo unos niños- pasa justo al momento de concluir la escuela primaria.

Desde el momento en que se le hace entrega al niño de su certificado escolar, ocurren una serie de evoluciones en la apariencia que, si bien no son elementos suficientes para definir qué es lo que les sucede a los futuros preadolescentes, por lo menos sí para trazar una esquema cronológico de los estados mentales que dependen de los cambios fisiológicos en los humanos –qué raro suena eso-: el poblamiento excesivo de vellos por distintas partes del cuerpo; el ensanchamiento de caderas; el cambio de voz, segregación de malos olores. Y por si esto fuera poco, las punzadas en el estómago (y en otras regiones) se acentúan cada que vemos a alguien que nos gusta.

Duele dejar la niñez. Y ser adulto es más complicado. Pero más terribles aún son aquellos niños con alma de ancianos –de que los hay, los hay- y ni qué decir de los adultos de espíritu berrinchudo-egoísta-gandalla- que parece nunca tuvieron infancia.
Un abrazo a los pequeños terribles ahora que se acerca su día, con la debida dosis de envidia. No hace falta desearles que lo disfruten: casi siempre se la pasan bien.

Oprobio

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