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Martes, 16 de Octubre 2018
Entretenimiento | El tiempo lo arrastra todo, porque el tiempo es viento y el viento siempre corre

“Se elevó a la vista de todos”

En estos días muchas bocas dijeron: “Qué pronto se fue abril”. Así se pasaron aquellos días y se llegó la hora de la despedida

Por: EL INFORMADOR

Después de cuarenta días de alegría para los apóstoles, los discípulos, las mujeres piadosas, esos afortunados a quienes se les dio el privilegio de ver a su Maestro glorioso, resucitado, ya no lo volverán a ver. Hasta comió con ellos; con la vista, con el oído, incluso con el tacto, pudieron cerciorarse de que sí era Él.
Mas, a todo le llega el tiempo. El tiempo lo arrastra todo, porque el tiempo es viento y el viento siempre corre. En estos días muchas bocas dijeron: “Qué pronto se fue abril”. Así se pasaron aquellos días y se llegó la hora de la despedida.
San Lucas, en el primer capítulo de su libro Hechos de los Apóstoles, narra ese final y ese principio. Final de la historia de Cristo en la tierra, visible, a donde bajó a cumplir fielmente la voluntad de su Padre; a abrir los ojos de los ciegos; a hacer caminar a los cojos y los tullidos; a curar toda clase de enfermedad de cuerpo y alma; a dar libertad a los prisioneros de sus pasiones y de sus culpas; a evangelizar a los pobres y a entregarse a la muerte para borrar con su sangre las manchas, los pecados de todos los hombres.
Cumplida su misión, quiso tener testigos, otra vez privilegiados, para que lo vieran dejar la tierra para volver hacia el cielo, de donde vino.

“Salió del Padre y vino al mundo;
ahora deja el mundo
y vuelve al Padre” (Juan 16, 28)

Él se va, era su momento. Últimos momentos de cercanía con ellos, para dejarles la responsabilidad de continuar la obra iniciada: el Reino, la Iglesia fundada en esos tres años de ir y volver por aldeas, por ciudades, para dejar caer en todos los corazones la siembra más bella, la semilla del amor.
Mas en adelante, esos once llevarán el peso de su misión, esos que están ante Él con cara de asombro y de tristeza. A ellos les deja el oficio amplio en el tiempo y el espacio: “Vayan, pues, enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a observar cuanto les he mandado” (Mateo 28, 19-20).
No recomendación, no sugerencia, sino mandato, en ese momento solemne, dintel entre un pasado declinante y un futuro adveniente.
Se puede reducir este mandato a cuatro momentos:
Primero: Ir, no esperar. Viene al tema el documento de los obispos de América Latina reunidos en Aparecida, Brasil, en los días 13 al 31 de mayo de 2007. Con el noble deseo de ser fieles al mensaje del Maestro siempre libre e intemporal, nunca sujeto a los caprichos de los hombres, han dejado en un lenguaje rejuvenecido sus inquietudes apostólicas, en diez breves capítulos. Pero hay una novedad: todos han de ser...

Discípulos y misioneros

En primer lugar, discípulos. Si Cristo afirmó ante la multitud: “Esta doctrina no es mía, sino de quien me envió”, con mucha, pero mucha más razón, todos los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos y cuantos prediquen el Evangelio, deberán poner de manifiesto ante todos que ellos son discípulos, porque el único Maestro es Cristo. Y el discípulo no deberá modificar a su antojo, a sus conveniencias intelectuales o sociológicas, el contenido de las enseñanzas del Evangelio, siempre actual y siempre universal para aplicarse a todos los hombres en cualquier circunstancia de la vida.
Y luego misioneros: Debe pasar esa actitud pasiva de estirar el lazo a la campana y, sentados, cruzados de brazos, esperar a ver quiénes acuden. La vida de este siglo XXI corre, y urge que los agentes del Evangelio entren en ritmo. Ser misioneros es ir acordes a ese ritmo. Misionero es el enviado.
Venga un ejemplo: La mamá le ordena al hijo que vaya a la tienda de la esquina, y con el dinero que le da compre leche y pan. ¿Cumpliría el hijo si se sienta sólo a contemplar el billete que tiene en la mano? Entonces, ha de pasar el tiempo del pasivo esperar, es la hora de aplicar el activo acudir.

“Bautizándolos en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

Ellos han de ser instrumentos de la bondad divina, al llevar la gracia, la salvación, mediante el regalo de los sacramentos.
Un párroco de esta ciudad ya en edad madura --quizá treinta años de sacerdote--, ha llevado con increíble constancia el número de los que ha hecho renacer como hijos de Dios en el Bautismo. Con humildad y sencillez comenta: “Soy solamente instrumento”.

“Y enséñenles a observar
todo cuanto les he mandado”

Ellos han de ser instrumentos de la bondad divina, al llevar la gracia, la salvación, mediante el regalo de los sacramentos.
Al primero de ellos, a Pedro, le curó con tres profesiones de amor las tres llagas abiertas por sus tres horribles negaciones; y ya curado, tres veces le dejó con el oficio de ser “pastor de las ovejas del rebaño”.
Enseñar primero, indicar por dónde, es grave oficio. Decir cómo se ha de vivir, cómo tomar el Evangelio como norma de vida y estar atentos a no dejarse llevar por otras luces, ahora abundantes, en este mundo empequeñecido por el dinamismo y la amplitud de los medios masivos de comunicación, y donde el prodigio de la técnica bien se puede definir como un arma de dos filos... y filos muy agudos.

“Miren que estaré con ustedes
todos los días, hasta la
consumación de los siglos”

Tal vez el Señor vio lágrimas en los ojos de los discípulos y les dio el mayor aliento. Deja de estar visible, para seguir invisible en su Reino, en su Iglesia.
Con su ascensión los apóstoles comprendieron, ya sin titubeos, que a quien ellos siguieron, porque Él los llamó, es verdaderamente el Señor. Entendieron que su Reino no es de este mundo; que se debe construir aquí abajo, con el sabio y constante impulso del Espíritu Santo, y que ellos y quienes les han de seguir, con su palabra --y ante todo con su testimonio-- lo han de llevar siempre adelante.
También se inaugura allí la nueva visión; vivirán desde entonces con la luz de la fe y con la alegría de la esperanza. “Voy a prepararles un lugar --les ha dicho--, porque quiero que a donde yo voy, vayan también ustedes”.

“Los discípulos volvieron
a Jerusalén con gran alegría”

Volvieron con una enorme alegría espiritual, con el alma llena de gozo. Tal vez comentaban entre ellos la dicha de haberlo conocido; de haber escuchado su llamado; de seguirlo en los días de la predicación de la Buena Nueva; cómo muy de cerca fueron testigos de muchos hechos milagrosos; cómo ellos fueron los más afortunados, al sentir más cerca que nadie el inmenso, el inefable amor que llevó a Cristo hasta la cruz.
Lo tuvieron cerca en esos días en que el Resucitado los buscó, y ahora fueron testigos de su ascensión, de su glorificación.

Pbro. José R. Ramírez

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