Cultura | La vuelta al mundo en busca del cambio climático Martín Caparrós realiza un “hiperviaje” El cronista argentino rescata historias de la Amazonia, las Islas Marshall, Nigeria, Nueva Orleáns, Níger, Mongolia, Filipinas y Australia Por: EL INFORMADOR 9 de diciembre de 2010 - 01:32 hs El periodista recorrió varios países en donde las predicciones sobre el cambio climático son apocalípticas. ESPECIAL / CIUDAD DE MÉXICO (09/DIC/2010).– ¿Por qué el cambio climático es un tema que atrae tantos reflectores? ¿Por qué no existe el mismo entusiasmo mundial para combatir la pobreza, el hambre y la desigualdad? Esas preguntas son las que impulsaron al argentino Martín Caparrós a escribir Contra el cambio, un libro que mezcla la crónica y el ensayo, y que cuestiona el discurso sobre el cambio climático y, de paso, a los ecologistas. La obra pone sobre la mesa los intereses económicos y políticos que hay detrás de ese concepto, pues, en sus palabras, el objetivo de las grandes naciones es insertar la energía nuclear en la economía. “Esto profundizaría la grieta entre países ricos y pobres. Además está el negocio a corto plazo de los créditos de carbono, que asciende a los 150 mil millones de dólares anuales”, afirma el argentino. El libro tiene su origen en un encargo. En 2009, el Fondo de Población de las Naciones Unidas le pidió al escritor y periodista realizar una serie de textos sobre jóvenes y cambio climático. Caparrós tomó maleta, libreta y pluma para enrolarse en lo que llama “un hiperviaje”: visitó la Amazonia, Nigeria, Nueva Orleáns, Níger, Mongolia, Filipinas, las Islas Marshall y Australia. Visitó los lugares que, según predicciones científicas, serán los primeros en sufrir consecuencias del cambio climático. Cumplió con el encargo, pero las preguntas siguieron en la cabeza, así que lo mejor fue tratar de responderlas con un libro. En Contra el cambio (Anagrama, 2010), Martín Caparrós —definido en la revista Letras Libres como un escritor que ha reinventado la crónica periodística para hacerla más grande, más ambiciosa— lanza cubetadas como éstas: “Un mundo que tiene las condiciones para ser mejor, no lo intenta porque sus dueños dejarían de serlo”. “¿Cuánta más gente van a matar el hambre, la pobreza, la violencia inútil y las enfermedades evitables, en los próximos 30, 40 años antes de que el cambio climático empiece a tener efectos fuertes?”. “Si el mundo volviera a una economía de provisión de las necesidades básicas y dejara de lado todo el resto, seguramente el calentamiento global dejaría de ser una amenaza. Pero es difícil pensar que alguno de los grandes evangelistas del cambio climático quiera eso, y que muchos habitantes del primer mundo lo aceptarían”. Martín Caparrós escribe que la lucha contra el cambio climático, en realidad, lo que busca es: “Cambiar la matriz energética y el equilibrio geopolítico. Retrasar la industrialización de las nuevas potencias emergentes y ganar fortunas con el mercado de bonos de carbono”. En entrevista telefónica, quien es considerado como uno de los mejores cronistas y escritores de Latinoamérica, no se anda con rodeos: los que más se benefician del discurso del cambio climático son los “evangelistas” como “Al Gore y toda su gente. Ellos tienen una agenda política y económica muy clara”. —¿Por qué poner en duda el discurso del cambio climático? —No discuto la cuestión técnica del cambio climático, porque no podría, los científicos ya se dedican a discutirla. Lo que sí me interesaba es pensar por qué se ha transformado en algo tan importante, cuando hay otras urgencias como el que todos los días miles mueren de hambre. Me interesó ver cuáles podrían ser las razones y encontré dos respuestas: esta alerta mundial es posible gracias a la difusión, cada vez mayor, del discurso ecologista. Y por el otro: hay intereses económicos muy fuertes detrás de la amenaza de cambio climático. —En su libro critica las soluciones que se han propuesto para combatir el cambio climático. —Este mundo de despilfarro que, efectivamente, en muchos casos está cargándose los recursos naturales, decidió que la forma de que ese despilfarro no sea tan nocivo es creando nuevos mercados capitalistas para aprovechar ese despilfarro de otras maneras. Lo cierto es que no hay ninguna aceptación de la responsabilidad que a cada país le toca. No hay ningún intento real por revertir ese orden siniestro que hace que algunos millones de personas consuman tanto que hay muchos miles de millones que no consiguen comer todos los días. —¿El cambio climático se convirtió en un gran negocio? —Para algunos, sin duda. Y de dos maneras: por un lado, hay un negocio que consiste en tratar de manejar el cambio de paradigma energético. No hay que olvidar que el tema energético define gran parte de las relaciones económicas y sociales de una sociedad. Después está el negocio a corto plazo. Y ahí está el tema de los bonos de carbono. Las empresas que quieren contaminar más de lo que deberían pueden comprar bonos de carbono. Esto ha creado un mercado que hace 10 años no existía, y ahora mueve unos 150 mil millones de dólares. —Escribe que si realmente se quiere combatir el cambio climático es necesaria una revolución. —Sí, lo creo. Eso no quiere decir que sepa cuál es la forma. El modelo de revolución que funcionó, que tuvo aceptación y fue eficiente durante el siglo XX demostró que sus resultados eran todo menos los aceptables. Ahora, creo, pasarán algunos años, algunas décadas para que surja un nuevo modelo de revolución. Uno de los grandes trucos de estas últimas décadas, desde que fracasó el socialismo, es que nos hemos acostumbrado a pensar que este modelo en el que vivimos es el único posible. Pero los órdenes sociales siempre han cambiado en la historia. —En su libro se nota un enojo contra los ecologistas. —No es que esté enojado con ellos. Me parece que vale la pena pensar un poco las cosas. Hay discursos que tienen una aceptación generalizada, más allá de cualquier examen. Hoy, el discurso ecologista está muy de acuerdo con un clima de esta época, en el que el futuro aparece más como amenaza que como promesa. Trato de pensar que se pueden dividir las épocas históricas en aquellas que desean su futuro y aquellas que lo temen. Ahora, el futuro quedó vacío de promesas y se empezó a llenar de amenazas. En ese clima se instala el ecologismo. — ¿En su “hiperviaje”, dónde encontró más entusiasmo por realizar un cambio verdadero? — Un punto donde más energía encontré fue en Brasil, un lugar que está en constante reconstrucción de sí mismo, donde todo el tiempo se está cambiando, que tiene su creencia particular en el futuro. Brasil es curioso porque la mayoría de nuestras sociedades no piensa que el futuro le vaya a deparar algo bueno, pero Brasil está en pleno proceso ascendente. Brasil sí lo cree, los brasileños lo creen, tienen mucha energía de construcción. ¿Para dónde va esa construcción? Depende de muchos factores, pero en principio están logrando una cantidad de cosas a nivel de inclusión, de reducción de las desigualdades y de las injusticias. — ¿Y cuál es el ejemplo contrario? — Curiosamente las sociedades más sumergidas como Mongolia, Níger o las Islas Marshall, son lugares que más necesitan un cambio, pero parte de su miseria es no poderlo imaginar. No están en condiciones de pensarlo, de saber hacia dónde irán. Es uno de los efectos más aterradores: la obstrucción de cualquier horizonte. PerfilEl cronista Él mismo se describe como “un cincuentón pelado de bigotes”. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1957. Estudió Historia en París, vivió en Madrid y Nueva York; tradujo a Voltaire, Shakespeare y Quevedo. Su carrera periodística la comenzó en 1973 y, desde entonces, ha escrito desde crónicas de viaje hasta textos sobre futbol, política o problemáticas sociales. En 1992 recibió el Premio de Periodismo Rey de España y un año después la beca Guggenheim. Es autor de varias novelas, entre ellas No velas a tus muertos, La historia, A quien corresponda y Valfierno, con la cual obtuvo el Premio Planeta en 2004. Temas Literatura Periodismo Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones