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Suplementos | México enfrenta una de las coyunturas más críticas de su historia

Un tiempo nacionalista

México enfrenta una de las coyunturas más críticas de su historia, ¿cómo reaccionar frente a la amenaza Trump?
La unidad debe tener como punto de partida, la construcción de un proyecto nacional frente a las amenazas de Trump. NTX / ARCHIVO

La unidad debe tener como punto de partida, la construcción de un proyecto nacional frente a las amenazas de Trump. NTX / ARCHIVO

GUADALAJARA, JALISCO (29/ENE/2017).- La nación es la idea política más potente de la historia. Más que el pueblo, la clase trabajadora o la ciudadanía. La nación como construcción políticos nos ha llevado a guerras, conflictos, sangre. Defender a la nación, es la obligación de todo compatriota. Desde que estamos pequeños en la escuela, nos introducen en el mundo de las banderas, los símbolos y los himnos. La nación tiene sus ritos y se reproducen durante el tiempo con asombrosa eficacia. Hace no mucho, los liberales clamaban la muerte de las naciones y, por ende, del nacionalismo. Presagio que ha demostrado su más rotundo fracaso.

El mundo de las naciones presenta estables signos vitales. No sólo avanzan los candidatos que enarbolan un discurso nacionalista o patriótico, sino que incluso el discurso político se mueve de las ideas internacionalistas al refugio nacionalista. Ante los males de la globalización, la nación siempre es un cálido hogar a dónde acudir. No considero que esta parcialidad nacional sea nociva en sí misma, creo más bien que, aunque las naciones no son naturales bajo ninguna lógica, el sentimiento de parcialidad y arraigo local sí lo son. El vínculo con la tierra. El nacionalismo, la identidad que coloca a la nación en el centro del discurso político, es nociva por sus consecuencias -exclusión, racismo, discriminación- y su radicalismo.  

Donald Trump es un nacionalista. Aunque su problema no es ése, sino que su idea nacional la sustenta sobre la base de la raza y la discriminación. Sentir pertenencia a una nación no significa automáticamente condenar al otro. En el caso de Trump, el otro, amenazante, sea chino o mexicano, es un eje de su discurso. El sentimiento de pertenencia nacional es muy natural en estos tiempos, pero el riesgo del nacionalismo no radica ahí, sino en lo que uno está dispuesto a hacer para reafirmar su pertenencia nacional. En eso, Trump es una amenaza.  

El nacionalismo ofensivo siempre necesita un enemigo. Cohesionar al votante blanco, enojado en Estados Unidos, implica una narrativa que lo aterroricé, que lo haga pensar que el mayor problema que tiene en el mundo es el abuso comercial de China, el déficit con México o los indocumentados estereotipados como secuestradores. El nacionalismo clásico, aquél que se sustenta en la raza y en la superioridad, debe definir quién es la nación -para Trump son los trabajadores blancos empobrecidos por la globalización- y convencerlos que el otro abusa de ellos. No hay discurso nacionalista sin victimismo: México y China nos roban; el mundo abusa de nosotros. La vieja Europa vive de nuestras costillas.   

El discurso nacional siempre produce una reacción, también, nacionalista. Es natural como la fuerza de la gravedad. Sucede entre vecinos en un condominio o entre equipos de futbol. Las identidades se construyen con relación al otro, bien lo supo Hegel. En México, tras los anuncios de Trump, no paramos de escuchar campañas para boicotear productos de Estados Unidos: desde no consumir un tipo de café, hasta ya no tomar refresco de una marca o vestir con prendas hechas en México. En el mundo capitalista, las relaciones con el otro se vuelven relaciones con las marcas. Con los productos de aquel país. La “guerra” se hace a través de boicot comercial o los chiflidos en un partido de futbol; escenarios donde se pone a prueba la lealtad nacional.  

En México, comienza a emerger un discurso nacionalista que, aunque no había desaparecido, había estado dormido por tres décadas. La quiebra del modelo endógeno en los ochenta, dejó en el basurero de la historia las recetas del nacionalismo económico que rigieron a este país durante cinco décadas. El desequilibrio lópezportillista significó el preludio del México globalizado, liberal y abierto. En el discurso oficial desaparecieron las referencias históricas, los apelativos a la identidad nacional, y se adoptó la inevitabilidad del nuevo México inserto en la globalización. El PRI que, por buen tiempo sustentó sus principios en el llamado nacionalismo revolucionario, ahora se convertía al liberalismo salinista. La izquierda no dejó morir el nacionalismo, particularmente López Obrador, pero lo hizo a través de una denuncia a “la mafia del poder” y al establishment, rebajando a casi nada los signos identitarios.  

Sin embargo, Trump levantó al nacionalista dormido. Como nunca antes, la mexicanidad se encuentra amenazada. Nunca había habido un Presidente de los Estados Unidos que fuera tan abiertamente anti mexicano. Y no sólo eso, Trump no se contenta con doblegar a México; lo que quiere es humillarlo. La recuperación de la grandeza (make America great again) implica recuperar el poder tirano del imperio. Afilar los dientes y destrozar a quien ha abusado por tanto tiempo de la nobleza del pueblo bueno americano. El tweet con el que Trump advierte que, si México no está dispuesto a pagar el muro, es mejor que Peña Nieto no vaya a Washington, es indicativo de las verdaderas intenciones del magnate. Trump no quiere reducir el déficit comercial con México o evitar que tal armadora de automóviles se vaya al sur, sino que quiere someter, sojuzgar, humillar. Peña Nieto nunca entendió eso y cayó redondo en el juego de Trump. Acertada la decisión de cancelar la visita, pero en el mundo fue percibida como “no tenía más remedio”.  

La reacción social ante Trump, más allá de lo que haga Peña Nieto y la clase política, deberá contemplar tres elementos: patriotismo, diálogo y unidad. No es una sorpresa si digo que en un contexto de una guerra comercial entre México y Estados Unidos que durará, al menos, los 18 meses de la negociación del TLCAN, las marcas mexicanas y la producción nacional pueden encontrar interesantes espacios de oportunidad. El nacionalismo agresivo y discriminador siempre será un peligro y atenta contra el humanismo, pero México sí necesita revalorizar socialmente sus particularidades. Esto significa dignificar lo propio, no como una forma de excluir al otro, sino como un reconocimiento de que las cosas también se hacen bien aquí. Siempre me ha dado risa la frase: “tal producto tiene calidad de exportación”. Es decir, si es para consumo local, la calidad es lo de menos. Todos esos clichés, inseguridades, miedos, tabúes y baja autoestima deben ser tratados. México ante la crisis, debe acostarse en el diván y redefinir su proyecto nacional.  

Diálogo frente a la exclusión. El apostar por lo nacional puede llevar a un nacionalismo agresivo y excluyente. En México debemos entender que no hay ninguna guerra con el pueblo de los Estados Unidos, sino que la afrenta es con un Presidente que es capaz de insultarnos por ganar un puñado de votos. Si algo nos ha dejado el mundo de la globalización, es el conocimiento entre pueblos, entre sociedades. Las interacciones entre México y Estados Unidos son profusas y van desde al arte, hasta el deporte, la academia y los movimientos sociales trasnacionales. La diplomacia mexicana, y esto sí le toca al Gobierno, tiene frente así el reto de hacer de México, como lo fue en el pasado, el campeón del multilateralismo.

Dijo el teórico realista Robert Kagan: el multilateralismo es para los débiles. Seguramente. Sin embargo, frente a Trump, las muestras de cariño al pueblo mexicano, han sido muchísimas. No estamos solos frente al racista y México podría encabezar una alianza anti-Trump que supusiera una condena global al discurso y las acciones del magnate. Dialogo entre las sociedades y diálogo entre los gobiernos. Trump desató fuerzas conservadoras soterradas, pero también una reacción que condena categóricamente el racismo y el neo-imperialismo del actual Presidente de los Estados Unidos.  

Y, por último, la unidad. El llamado a la unidad no se puede sustentar sobre la base de la abolición del disenso y la persecución de los críticos. Unidad en la diversidad, reza el dicho. La unidad debe tener como punto de partida, la construcción de un proyecto nacional frente a las amenazas de Trump. Un debate nacional sobre nuestro modelo económico y sus debilidades frente a coyunturas críticas. Un reconocimiento social en su heterogeneidad y sus diferencias. Lealtad nacional, sí. Pero la lealtad que se ejerce desde la libertad de expresión, la crítica y el disenso. La unidad sin disenso, es fascismo.

Es un momento de sensibilidad social y angustia pública, coyuntura ideal para que los políticos lucren con las incertidumbres. Por ello, la unidad como discurso vacío, simplemente como forma de acallar a la opinión pública, es un cálculo político totalmente inaceptable en democracia.

Después de décadas de globalización, el nacionalismo ha recuperado bríos. Y el discurso nacionalista excluyente es el que más simpatías ha generado. Volvemos a un tiempo soberanista, pero son las fuerzas conservadoras las que logran mejores réditos con dichas narrativas. El Brexit, Trump o incluso el ascenso de Le Pen son muestra de la capacidad que tiene la derecha para nacionalizar los miedos y señalar al otro, migrante o extranjero, como el culpable. La respuesta de la sociedad mexicana ante Trump sí debe enfatizar nuestra identidad y el orgullo nacional, pero nunca tejida a través de la discriminación al otro y la xenofobia. México necesita reconocerse a sí mismo en esta coyuntura. Es sano, es necesario.

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