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Suplementos | Las tres son devotas de Trump, no se les oye ni un reproche

Un día con tres latinas que encumbraron a Donald

Las tres son devotas de Trump, no se les oye ni un reproche. Consideran un bulo las acusaciones sexuales contra el republicano ahora presidente de Estados Unidos
Los trumpianos están en territorio rival: casi nadie en Washington votó por el republicano en las elecciones. AFP / ESPECIAL

Los trumpianos están en territorio rival: casi nadie en Washington votó por el republicano en las elecciones. AFP / ESPECIAL

GUADALAJARA, JALISCO (22/ENE/2017).-  Está claro, el vestíbulo es también un espejo de la heterogeneidad de la coalición que ha catapultado a Trump a la Casa Blanca. El magnate inmobiliario no solo ganó las elecciones con el voto del hombre blanco rural, hastiado del establishment político y la fuga de empleos industriales en el Medio Oeste. Su discurso populista sedujo a jóvenes, mujeres y latinos como Hilda Garza, de 62 años y origen mexicano, Jeny S. Martínez, de 53 años y nacida en Colombia, y Priscilla Gabrielle Durán, estadounidense de 19 de quinta generación con raíces latinas.

Las tres, que esperan a un taxi en el vestíbulo del hotel, han viajado desde Texas a Washington para presenciar por primera vez una toma de posesión. “Ha empezado un movimiento”, proclama Garza, de las primeras latinas en afiliarse, en los años setenta, al Partido Republicano y que fue una de las delegadas de Texas en la convención republicana del pasado julio que designó a Trump candidato.

Las tres mujeres viven en los alrededores de McAllen (Texas), una burbuja demócrata en un feudo republicano, a 12 kilómetros de México. Conocen de cerca la realidad de la frontera. Como latinas y republicanas, no se sienten incómodas ante la retórica de mano dura contra la inmigración que propugna Trump. Todo lo contrario. Coinciden con el presidente en que hay que construir un muro fronterizo y, como él, creen que desde México cruzan violadores y otros criminales.

Garza y Martínez esbozan una brecha enorme entre su historia personal -sus padres, dicen, llegaron legalmente a EU- y las de los inmigrantes indocumentados. No se sienten identificadas con ellos. Se quejan de que los sin papeles abusan del servicio médico. “¿Por qué los atienden antes que a nosotros?, ¿Por qué no hay dinero para cuidar a veteranos de guerra?”, interviene Durán. “Necesitamos un muro alrededor de nuestro país”, reclama Garza.

Las tres son devotas de Trump. No se les oye ni un reproche. Consideran un bulo las acusaciones sexuales contra el republicano porque, esgrimen, no se ha demostrado nada más allá del lenguaje sexista que empleaba el magnate en un vídeo de 2005.

Lo consideran un gestor eficiente y ponen de ejemplo los anuncios de las empresas automovilísticas que aumentarán su producción en EU y aplauden imponer aranceles. Mientras que sus rivales alertan de posibles tics autoritarios de Trump y del peligro de su discurso soez, ellas ven a un adalid de la anticorrección política que dice lo que todos piensan y nadie se atreve a expresar.

“Hay muchos latinos que apoyan a Trump”, subraya Durán. La joven asegura que la mayoría de sus compañeros universitarios apoyaron al republicano, y acusa a los medios de comunicación de ocultarlo. Como Trump.

Territorio rival

Los trumpianos están en territorio rival: casi nadie en Washington votó por el republicano en las elecciones. Su estética llama la atención en la capital norteamericana, pero estos días la han hecho suya. Ellos son los protagonistas y están exultantes.

Según avanza el taxi desde el hotel hasta la explanada del Mall, crece la emoción entre las tres mujeres. “Es el fruto de nuestro trabajo, rompimos todos los pronósticos”, dice Garza. “Es el fin de un error, no de una era”, interviene su compañera Martínez en referencia al final de la presidencia del demócrata Barack Obama, al que tilda de socialista.

Todavía está oscuro cuando las tres acceden a la zona de la investidura. Rodeadas de un mar de gorras rojas, la espera hasta el mediodía se hace larga. Cuando Trump sube al escenario, estalla el júbilo.

Con un discurso nacionalista y aislacionista, el ya presidente promete a los “olvidados” que dejarán de serlo. “Ha sido un discurso duro pero motivador”, sostiene Garza. “Ha dicho lo que sus votantes querían oír y ha sido consistente con el mensaje que tiene desde sus inicios”.

Al poco de terminar la ceremonia, un helicóptero militar despegó en los alrededores del Capitolio. Varios entre el público especularon con que transportaba a Obama a la base militar desde la que viajó, con destino a California, por última vez a bordo del Air Force One. Dos hombres se miraron, sonrieron y dijeron con sorna: “Adiós Obama”.

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