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Lunes, 11 de Diciembre 2017

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- Más pulgas

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“Después del gancho al hígado, el recto a la quijada”. (Se trata, en efecto, de la fórmula del nocáut –una de tantas— planteada por los expertos en lo que los cronistas antiguos llamaban “el rudo deporte de las orejas de coliflor”).
Variante de dicha fórmula: “Después del aumento al precio de las gasolinas, los correspondientes al del gas doméstico y a las tarifas eléctricas”.

-II-

Independientemente de la eficacia que puedan tener las marchas que se han vuelto sistemáticas y los amparos que se han promovido a raíz del “gasolinazo”, el ciudadano común puede aplicar, en ese rubro, algunas estrategias en defensa de su bolsillo: reducir (“eficientar”, dicen los técnicos) el uso del automóvil; organizar “rondas” entre vecinos y conocidos para transportar a los chicos a la escuela y para ir al trabajo… Contra los incrementos al precio del gas y a las tarifas eléctricas, en cambio, no parece haber defensa posible.

Los anuncios correspondientes, por cierto, le pasaron “de noche” al ciudadano común. En el primer caso, la Comisión Reguladora de Energía reporta que los incrementos al precio del gas –que se utiliza en el 70% de los hogares mexicanos—, al ponerse en práctica la liberalización del mismo (prevista en la Reforma Energética, de la que hasta ahora sólo se perciben los perjuicios y no los portentosos beneficios cacareados en el mensaje presidencial correspondiente) varía entre el 15% en el estado de Tabasco, y el 35% en Baja California Sur; (en Jalisco, según la misma dependencia, el incremento ha sido del 23.39%)… En el otro, “A partir de enero –reporta “Excélsior”—, las tarifas de electricidad para el sector comercial e industrial registran un aumento de hasta 53.07%, mientras que el alto consumo doméstico es de hasta 25.3% más alto en comparación al mismo mes del año pasado”.

-III-

Aunque los principales aumentos de precios y tarifas corresponden a usos comerciales e industriales de esos energéticos, vale recordar que, puesto que no son precisamente damas de la caridad, industriales y comerciantes, llegados a ese punto, repercuten esos incrementos, de bote-pronto, en los precios de sus productos y servicios: en perjuicio directo del bolsillo del consumidor, pues; no en detrimento de sus utilidades.

Con lo cual se corrobora la moraleja apuntada en días pasados en este mismo espacio: cuánta razón tenía el entomólogo (estudioso de los insectos) que, al cabo de innúmeras observaciones, descubrió que “Al perro más flaco se le cargan las pulgas”.

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