Miércoles, 22 de Enero 2020

Fanatización

En todo el mundo, las identidades políticas se están moviendo hacia los extremos

Por: Enrique Toussaint

No existe acción política desprovista de ideología. Si entendemos ideología como un sistema de creencias que nos permite entender la vida, la sociedad, la economía y el poder. EL INFORMADOR / E. Victoria

No existe acción política desprovista de ideología. Si entendemos ideología como un sistema de creencias que nos permite entender la vida, la sociedad, la economía y el poder. EL INFORMADOR / E. Victoria

La ideología es el campo de batalla de la política. Eso sostuvo Antonio Gramsci. Y es cierto. No existe acción política desprovista de ideología. Si entendemos ideología como un sistema de creencias que nos permite entender la vida, la sociedad, la economía y el poder. La batalla política supone la búsqueda permanente por la preminencia ideológica. ¿Quién dota a la realidad de la explicación que mejor embona con el sentido común de la gente? ¿Quién construye hegemonía, en palabras del italiano?

Durante décadas, nos dijeron que la ideología había muerto. La historia estuvo atada en el siglo XX a la disputa ideológica y, tras la caída del Muro de Berlín o la disolución de la Unión Soviética, no había otra alternativa más que redactarle su epitafio. Incluso antes, Daniel Bell escribió “el fin de la ideología” en 1960. Luego Francis Fukuyama escribió el “fin de la historia”. La reflexión detrás de ambos textos era una: la victoria del liberalismo suponía la inutilidad de la ideología. El mundo avanzaba, con pies de plomo, hacia una era de racionalismo y pragmatismo. Lo ideológico era casi tribal. El nuevo hombre, para el pensamiento liberal, tenía que ser ciudadano, consumidor y nada más.

Sin embargo, la ideología eppur si muove. Nunca dejó de existir. El neoliberalismo y su pasión tecnocrática quiso asumirse como la racionalidad pública y privada hegemónica. Renegaban de la ideología y se veían así mismos como a-ideológicos. Es decir, los guardianes de la técnica sin condicionamientos de ningún tipo. No obstante, lejos estaban de ese pensamiento aséptico. El duro cuestionamiento del neoliberalismo, y su afán tecnocrático, ha devuelto el debate ideológico al centro de la política mundial.

Hagamos un breve recorrido político por el mundo. En Estados Unidos, ese país en donde nos decían que cada elección sólo significaba escoger entre la Coca-Cola y la Pepsi-Cola porque los demócratas y los republicanos eran básicamente lo mismo, gobierna Donald Trump, un nacionalista de extrema derecha. ¿Y quién es su adversaria? Pues, todo parece indicar, que será Elizabeth Warren, una mujer que hace algunos años hubiera sido descartada de antemano por “socialista”. Elegir entre Warren o Trump supone optar por modelos de país radicalmente distintos. Brasil es gobernado por un fascista como Jahir Bolsonaro y la alternativa es el excarcelado Luiz Inácio “Lula” Da Silva. Y si vemos el resto de América Latina, notaremos que “el centro” está borrado. La disolución del extremo centro, siguiendo el razonamiento de Tariq Ali.

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