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Viernes, 15 de Diciembre 2017
Suplementos | Jacobo Baegert, uno de los primeros europeos que tuvieron la idea de aparecer ahí

Baja California: la extraña península mexicana

Jacobo Baegert, uno de los primeros europeos que tuvieron la peregrina idea de aparecer en estas desoladas tierras
El periódico entero no bastaría para describir las plantas y los animales de estos ‘desiertos’. EL INFORMADOR / P. Fernández

El periódico entero no bastaría para describir las plantas y los animales de estos ‘desiertos’. EL INFORMADOR / P. Fernández

GUADALAJARA, JALISCO (15/ENE/2017).-  La espontánea expresión del misionero jesuita Juan Jacobo Baegert, uno de los primeros europeos que tuvieron la peregrina idea de aparecer en estas desoladas tierras (1767) tratando de ‘rescatar’ las improbables almas de algunos humanos que la habitaban, es más que descriptiva: decía que “… de los cuatro elementos, estas tierras tan solo tienen dos: viento y fuego”.  

Ya podemos imaginar las vicisitudes que pasaba el ilustre misionero en los desconocidos territorios desérticos tan diferentes a los suyos europeos. De qué tamaño serían las penurias que se olvidó de mencionar Tierra y Agua en sus relatos. Viento y Fuego eran su tormento en esta ardiente y ventosa península que en millones de años se había separado del continente.  

Olvidarse del agua puede ser una pesadilla en estas tierras, ya que casi siempre permanece oculta como la joya más preciada, pero…  ¿Cómo olvidarse de la tierra que nos mantiene atados a ella?

Habrá que detener un poco la historia de los tiempos para comprender las extrañezas de algunos de sus singulares seres vivos.

El veloz Berrendo (Antilocapra peninsularis), preciosa y extraña reliquia viviente que puede correr -casi volando- sobre las planicies abiertas a la increíble velocidad cercana a los 95 km por hora durante asombrosos trechos, satisfaciendo su sed con tan solo las gotas del rocío que por la noche puede conseguir sobre los cactos o las hojas de las plantas. 

 Otro es el imponente Borrego Cimarrón (Ovis canadensis) quien, con sus enormes cuernos retorcidos que retumban al chocar de frente contra su enemigo en épocas de celo; con sus pezuñas afiladas en la punta y acolchonadas en los talones preparadas para encontrar refugio en los  acantilados, su hábitat natural.

Curiosa costumbre de los cimarrones, es haber aprendido a quitar las espinas de cactus y biznagas tallando con sus cuernos, para luego mordisquear la pulpa y extraer el agua que almacena.

Otro curioso ejemplar, es sin duda el increíble ser Humano (Homo sapiens), que vivamente ejemplificaremos en la persona del extraordinario franciscano Junípero Serra, que tenazmente recorrió los caminos de su fe caminando por estas tierras, donde el agua no aparece, el sol quema como fuego, la tierra arde y el viento desgarra las vestiduras, con su pié terriblemente llagado a causa de las picaduras de un insecto, negándose a recibir montura ni ayuda alguna, cumpliendo su promesa franciscana de sacrificio, y realizando su misión por sus propias fuerzas y en sus propios pies a costa de lo que fuera necesario. Amistaba con desconocidos recelosos, aprendía su lengua y sus costumbres y contagiaba sus enseñanzas… en solitario, con la sola compañía de un grueso ropón, unos guaraches y un bule con agua.

Ahora… que la flora no se queda ni un paso atrás entre las rarezas peninsulares. En ella podemos encontrar desde la humilde Gobernadora (Larrea tridentata) que en su discreta apariencia produce sustancias tóxicas en la punta de sus raíces para defender su territorio; o el Torote blanco (Pachycormus dicolor), que al tener tan solo un metro de altura ya puede medir otro metro de diámetro en  su tronco vestido con sus singulares ramas zigzagueantes casi desprotegidas de follaje; o bien el enorme y voluminoso Cardón, con sus ramas espinosas que crecen paralelas al tallo principal desde su base hasta alturas inusitadas; o el famoso Saguaro (Carnegia gigantea) que allá en su espectacular altura despliega los brazos fortachones que le dan esa figura casi humana tan característica; ejemplar único y distinguido es también el famoso Cirio (Ponquieria columnaris) rareza peninsular que llega a crecer hasta  15 metros de altura, con su tallo cónico -que escasamente se cubre de pequeñas hojas cuando llueve- que va de los 60 centímetros en su base, hasta rematar en aguda punta donde tan solo puede exhibir un pequeño ramito de flores allá en las alturas.

El periódico entero no bastaría para describir las plantas y los animales de estos ‘desiertos’ en donde la vida pareciera estar ausente; pero valgan estos ejemplos para motivar a alguna mente inquieta y exploradora que lea esta columna.

“El que lee mucho y viaja mucho, sabe mucho y goza mucho…”
pfs@telmexmail.com

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