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Domingo, 19 de Noviembre 2017

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Oscuros sollozos en mi pecho

Oscuros sollozos en mi pecho

Oscuros sollozos en mi pecho

Atardecer en el Castillo de Duino en la provincia de Trieste, Italia.

Ciudad de México, sábado 7 de octubre, 2017.- Desde que aprendí alemán para irme a estudiar a la Universidad de Friburgo en 1963, quise entender las Elegías de Duino de Rilke. En aquel entonces traté de hacerlo leyendo la obra en el idioma original y de manera continua. Así creí que lo lograría. Nada. No ha sido sino hasta ahora, medio siglo después que las entiendo leídas de una manera extraña y tomadas de la versión en español que hizo Juan Rulfo, publicadas por Sexto Piso en 2015.

Lo logré leyendo unas cuantas líneas de sus versos por aquí y otro por allá, al azar, en donde se abriera la página y, de esa manera, fui encontrando con claridad algunas ideas, imágenes o situaciones que me han iluminado de manera contundente en muchos aspectos de la vida. Por eso, trato de ejemplificar cómo es que lo he logrado para ver si les sirve de algo esta manera poco ortodoxa que me ha permitido llegar a fondo de lo que Rilke escribió:

¿Quién nos conformó así, que hagamos lo que hagamos, tenemos siempre la actitud de quien se va?’ y, al leer esto en La Octava Elegía me doy cuenta de lo que he venido sintiendo sin poder expresarlo puntualmente. ¿No tienen la impresión de vivir ‘despidiéndonos siempre’? Todo el tiempo prometemos volver a vernos.

Después del temblor del 19-S leo unos versos en La Octava Elegía: ‘El mundo nos agobia. Lo organizamos. Pero se derrumba en añicos. Lo organizamos otra vez y, entonces, nosotros mismos caemos rotos en menudas trizas’ y, al leerlo, grité de emoción pues resumía una actitud frente a ese pasado que nos agobió en el 57, luego en el 85 y, finalmente, cuando ‘caemos rotos en menudas trizas.’

Así estoy cosechando, como debe ser en el otoño, el fruto de ese árbol desde hace décadas. Ahora veo una flor por ahí y otra por allá y el fruto que cuelga de sus ramas que no había sido posible disfrutar y que ahora veo ‘esto en aquello’, como decía Paz.

¿Quién, si yo gritara, me escucharía en los celestes coros?’, dice en La Primera Elegía y con eso, me detengo un momento para preguntarme: ¿cuál sería el estado de ánimo que tendría para querer gritar un día de estos? ¿Qué tan desesperado podría estar? Y, en caso que lo hiciera, ¿habrá alguien que escuche mi angustia, desesperación o furia? Y, en todo caso, si nos dirigimos al coro celeste, ¿habrá alguien que nos escuche?

Lo sigo rumiando otro rato. ‘¿Quién, si gritara yo…?’, como empieza el primer verso y vuelvo a imaginarme qué estaríamos sintiendo para querer gritar. ¿Cuántas veces lo hemos hecho en la vida? Ni vez, aunque ganas no nos hayan faltado.

¿Sería por la ausencia de Lou-Andreas Salomé que le dieron ganas de gritar al atardecer a Rilke cuando estaba en Duino? A lo mejor se le antojó hacerlo desde uno de los balcones del castillo y, al darse cuenta de su deseo, mejor escribió su lamentación por la separación, por la muerte o por otra desgracia y, al preguntarlo, logró que nos viéramos en su espejo para entender lo que significa gritar sin estar seguros que alguien nos escucha.

Y si el que nos escuchase fuese un ángel, como esos que vuelan por ahí cuando se produce un silencio… ‘y si un ángel me ciñera contra su corazón, la fuerza de su ser me borraría’, es decir me confortaría, sí, pero me borraría de esta manera, como lo hizo el poeta hilando causas y efectos para ‘admirar y soportar (el abrazo) tan sólo en la medida en que se avenga, desdeñoso, a existir sin destruirnos. Todo ángel es terrible.’

Así me quedo regurgitando para volver a masticar esos versos aislados, una y otra vez, como si en cada ocasión se prendiera la luz mientras guardo ‘como oscuros sollozos en mi pecho, mi grito de socorro.’

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