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No poder pensar en otra cosa

    El ambiente está cargado y nos oprime. No podemos dejar de pensar en otra cosa que en el desastre de la Ciudad de México, Morelos, Puebla, Oaxaca y Chiapas en donde se han colapsado edificios, iglesias, haciendas y miles de edificios que han quedado dañados estructuralmente por la fuerza brutal de la Naturaleza.

    No quisiéramos, pero, al mismo tiempo no podemos evitar seguir hablando de la angustia mortal de aquellos que se quedaron enterrados en vida y tendrán un morir lento, entre varillas y toneladas de cemento, o los niños y algunas maestras fallecidos, así como la angustia de los padres sin saber por qué les tocó a sus hijos pues dicen que sonó la alarma y en dos segundos se colapsó ese edificio: no se tuvo tiempo para nada.

    No quisiera seguir pensando en todo esto, pero los millones que pudimos sobrevivir nos sentimos culpables de que el azar haya jugado a nuestro favor excepto el susto y las anécdotas que, en contraste con los que no tuvieron esta suerte, sería mejor callar. No tienen ninguna importancia.

    El himno de los lunes… Y retiemble en sus centros las Tierra, al sonoro rugir del cañón…, dos veces dos en la infancia y la anécdota no puedo evitarla: me tocó en un silente movimiento oscilatorio estando en un onceavo piso. No se acababa de mover nunca y uno pensando en que esto se acabó. Mientras, golpeaba la lejana experiencia del 85 con imágenes de edificios colapsándose y el miedo y la depresión de lo destruido y, ahora, con la empatía que hemos desarrollado la tragedia pesa como la ‘pesadumbre’ que nos puede doblegar.

    Ganas de poder levantar lozas de concreto que ahogan a los que quedaron dentro y orgullo de ver a los rescatistas, héroes nacionales, vigorosos y entregados al salvamento, apoyados por una solidaridad que alienta el vivir en esta sociedad, los vemos escarbar y sacar piedra por piedra y apuntalar lo necesario para tratar de salvar a los pocos que se pueden morir de inanición en la oscuridad de una siniestra burbuja.

    A quien le puede importar si bajamos, subimos y volvimos a bajar once pisos mientras me atendía el doctor Isaac Masri a quien no le tembló el pulso y nos calmó a todos. Días después sigo con las agujetas pues pasado el temblor, caminé y caminé durante horas como miles más por el Paseo de la Reforma para poder llegar a nuestra casa en el Sur y ver si estaba de pie para respirar hondo al verla sana y salva en esta ciudad tan grande y extensa como la hemos visto a vuelo de pájaro como si fuera un manto dorado –con el que un día nos vamos a tapar–, un cielo estrellado en donde palpitan catorce o veinte millones de almas.

    Lo asocié con lo que vio Ame Saknusemm en el Viaje al centro de la Tierra de Verne cuando un profesor había interpretado el jeroglífico y supo que le daba instrucciones: ‘… descender al cráter del Yocul de Sneffels a la sombra del Scartaris que acaricia las calendas de julio y llegarás al centro de la tierra, como he llegado yo’ y como ahora lo intentan los rescatistas.

    Los rumores, la espera, el agobio de las noticias que no queremos ver más y que, paradójicamente, no vemos otra cosa, aunque duela la oscuridad, así como reconocer la fragilidad del ser y ver a esos héroes rescatando a una o dos personas, para aplaudirles y llorar con ellos de gusto cuando lo han logrado… todo esto nos da vueltas como la rueda de la fortuna.

    La noche se nubla y cae otra vez una lluvia con granizo inoportuna que estorba el salvamento: ahora nos llueve sobre mojado y hay que saber aguantar.

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