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Domingo, 21 de Octubre 2018

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Françoise Roy

Por: Maya Navarro de Lemus

Françoise Roy

Françoise Roy

Yo nací en Québec, Canadá, en 1959, en el seno de una familia franco canadiense. Mi escolaridad hasta los estudios superiores transcurrió en francés, y nada me predestinaba a estar en México y a adquirir otro idioma para expresarme. Sin embargo, los caminos de la vida son insondables, y por circunstancias de destino, estoy donde estoy ahora. Estudié una licenciatura en Geografía en los Estados Unidos, y me gradué con maestría en esa carrera en la Universidad de Florida en el año de 1981. Creo que mi formación en ciencias sociales se trasluce en mi escritura, pero toda mi experiencia literaria y como traductora, la obtuve en México, donde llegué en 1982. Viví períodos en el país y otros en el extranjero hasta que establecí residencia definitiva en Guadalajara en 1992. He hecho casi todo lo que se puede hacer con libros, salvo ser editora, aunque fui coeditora de una revista ahora desaparecida: los he vendido como empleada de diversas editoriales en ferias del libro, los he traducido (tengo en mi haber más de setenta traducciones publicadas), los he promovido de varias maneras y los he publicado en calidad de autora. Escribo desde que sé escribir, y creo que mi carrera literaria, o de menos mi gusto y mi pasión por la palabra escrita, empezó desde que mi padre me pagaba veinticinco centavos de dólar cada vez que le traía un poema, cuando era niña. Creo que eso, que muchas veces era el equivalente de un domingo, representó las mejores regalías de mi vida. O de menos, fue un poderoso incentivo para escribir, cuyos mecanismos todavía me parecen misteriosos. Escribía y leía poesía desde mis años de estudiante universitaria, pero no publiqué mi primer libro, una novela, hasta en 1998.

Desde entonces he publicado más de una quincena de libros en varios géneros literarios: poesía, cuento, novela y ensayo periodístico. La mayor parte de mi obra, sin embargo, pertenece al rubro de la poesía, y es donde más me he dado a conocer. Soy lectora desde que aprendí a escribir. Recuerdo mis primeras emociones hojeando las páginas de un libro cuando mis padres nos los ofrecían a mi hermana y a mí como regalos de Navidad o como obsequios de cumpleaños. Las novelas de Agatha Christie acompañaron mis años de pre adolescencia como invaluables tesoros de mi imaginario personal. El primer sentimiento de rebeldía contra la injusticia que recuerdo con claridad haber sentido surgió a raíz de mi lectura del cuento de la sirenita, de Hans Christian Andersen, cuando estaba en la escuela primaria: me parecía terriblemente injusto que alguien sacrificara su voz y su bienestar físico por un amor que no tenía conciencia alguna de ese sacrifico, que al fin y al cabo acabó siendo inútil. Por eso creo que mis mayores filias literarias tienen que ver con la literatura que plantea dilemas morales.

La lista de escritores que me han marcado es tan larga que no podría enumerar a los escritores que considero maestros sin caer en omisiones imperdonables; basta mencionar a J.M. Coetzee, Djuna Barnes, Calvino, Marie Ndiaye, Anne Hébert, Darwish, Nabokov, Steinbeck, Tournier, Del Paso, Rimbaud, Pessoa, y empieza para mí una constelación de escritores que no tendrá fin mientras yo viva. La literatura es para mí un testimonio fidedigno, aun en la obra más ficcional, de la verdad y de sus vericuetos. Es una ventana a través de cuyo cristal queda expuesta la complexidad de la condición humana. La literatura comparte este rasgo con todas las artes. La palabra escrita es mi manera de describir lo que significa estar aquí en este planeta y en este cuerpo y en este momento histórico. Es la prueba incontornable de que el ser humano es ante todo un ser que fabula, un ser que imagina, un ser que a diferencia de otros seres vivos, sabe interpretar símbolos y tiene necesidad de sentido más allá de lo anecdótico. He obtenido algunos premios y algunas becas, que son siempre mecanismos de ayuda, pero lo que me tiene escribiendo es ese fuego de expresar lo indecible con las palabras más precisas posibles. Algo que se llama “belleza”, y que no podría circunscribir claramente pero me habita, se despliega allí a todo color.

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