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Martes, 23 de Octubre 2018

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El teatro didáctico que no tenemos

Por: Iván González Vega

El teatro didáctico que no tenemos

El teatro didáctico que no tenemos

Teatro hay siempre. Bajo la superficie del teatro profesional jalisciense hay, sin embargo un animado archipiélago de grupos amateur, de preparatorias y universidades, de academias de actuación o de grupos nacientes, que explotan su novatez con alegría y, por supuesto, también acusan los síntomas de habitarla.

Este viernes 1 de diciembre, por ejemplo, se clausura y falla el concurso Nuevos Valores que impulsa El Tercer Grupo, ensamble del director Moisés Orozco que, entre otros logros, mantiene su propio centro cultural independiente, en Calzada del Ejército 226, entre Medrano y Revolución. En su tercera edición, este concurso convoca a grupos nuevos —de adultos y de adolescentes por igual— para premiar con un sencillo reconocimiento a quienes destaquen como actores y directores y reconocer a una puesta en escena. Es un premio al entusiasmo por el teatro.

Lo interesante es que en Guadalajara es muy fácil pasar del juego amateur a los foros profesionales: prácticamente no tenemos filtros y cualquier grupo puede llegar a un centro independiente a dar funciones de 100 pesos el boleto. Así que vale la pena hacerse ciertas preguntas sobre aquellas masas de entusiastas que ya están trabajando: ¿qué teatro quieren hacer? ¿Para qué y para quiénes quieren hacerlo?

Por ejemplo: ¿por qué son tan comunes las obras que hablan acerca del peligro que “los jóvenes” corren ante “las drogas”? La mariguana es un tema predilecto: los grupos estudiantiles hacen lecturas morales sobre el tema y presentan a la sustancia como una amenaza: por fumarla, dicen en sus obras, la gente reprueba la escuela o sufre accidentes viales. No es que eso no sea verdad; es que apenas es una fracción de la verdad.

Pero ocurre que en muchos espacios se le pide al teatro que tenga “un mensaje”: que sea socialmente útil, educativo, formativo, sancionador de conductas, corrector de comportamientos. Como si de “La Rosa de Guadalupe” se tratara, muchos jóvenes y teatreros ven en este oficio una oportunidad de difundir “valores”, y justifican el tono y el abordaje con el argumento de que así hay que hablarle al público adolescente.

¿No nos hace falta en Jalisco un teatro escolar, o incluso didáctico, hecho por profesionales? Podría ser un teatro que reflexionara, en montajes atractivos y dignos de cualquier público, acerca de cómo nuestra sociedad no solo convive con la mariguana, el alcohol y otras drogas, sino, mucho mejor, uno que nos permitiera hablar con claridad y sin hipocresía sobre la violencia cotidiana que el crimen organizado hizo tan normal en México.

Una larga lista de profesionales mexicanos ha pugnado en este siglo por que el teatro, en lugar de moralista, sea un espacio de diálogo. Los niños y jóvenes del país no necesitan que nadie les hable de los horrores del crimen en un melodrama y luego les resalte la moraleja. De algún modo podrían estar en contacto ambos bandos, el de los jóvenes de nuestras escuelas y el de nuestros teatreros profesionales. Ganaríamos todos, y nuestro teatro amateur sería mucho más que entusiasta.

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